Un decálogo inmoral

Ciudad de México /

El mundo de López Obrador es pequeño. Muy pequeño. Y también muy nostálgico de un México bucólico, anclado en los años treinta del siglo pasado, como el de aquellas películas que pintaban un país pobre y con un régimen autoritario, pero eso sí, alegre y dicharachero, religioso, desordenado y muy ensimismado en un nacionalismo que se resistía a integrarse al mundo. Un país donde la gente podía tener gallinas en su casa en lugar de vivir en estas urbes y comprar pollo y huevos con hormonas, “por una mala entendida modernidad”.

Es un México ideal, donde, de todos modos, la gente de carne y hueso es parte del panorama bonito, pero no cuenta, no importa. Porque es evidente que AMLO está dispuesto a sacrificar más vidas, las que sean necesarias, para salvar su proyecto de nación. Decirle a la gente que salga a la calle en el punto más alto de la pandemia en el país, es sin duda alguna un acto de irresponsabilidad suprema.

Sugerir que la actitud mental es un freno comprobado contra los contagios, es alimentar el pensamiento mágico y generar comportamientos que eventualmente incrementarán el número de contagios y de muertos. Pero eso no parece preocuparle al Presidente de México, porque él sigue creyendo que no decir mentiras, no traicionar y tener la conciencia tranquila es el mejor antídoto contra el coronavirus.

En su mesiánica mente, AMLO cree que sugerir a la gente ciertas actitudes “para salir con seguridad a la calle” la va a salvar de los contagios. Por eso se dirige a nosotros como un curita de pueblo, no como el Presidente de la República. A su ver y entender, para salir de esta epidemia, debemos actuar con optimismo, dar la espalda al egoísmo y al individualismo, practicar la fraternidad, que no se nos endurezca el corazón. Tampoco nos debemos dejar envolver por lo material, sino alejarnos del consumismo, pues la felicidad no reside en la acumulación de bienes materiales, ni se consigue con lujos, extravagancias y frivolidades.

El pastor en la presidencia nos dice que solo siendo buenos podemos ser felices, y que todos, tengamos o no una religión, seamos creyentes o no, debemos buscar un camino de espiritualidad. Nada que no hayamos recibido en mensajes de Twitter o de Facebook. Lo que no ha entendido AMLO es que su papel no es el del curita de pueblo. Él no tiene que andar recomendando caminos espirituales. Es tan violatorio de la conciencia, como sería sugerir que la gente no busque caminos espirituales.

No es ese el papel del Presidente. En cambio, se le olvida a AMLO que su labor es garantizar el bienestar de la población: si en verdad quiere que la gente viva sin estrés y goce del cielo, del sol, del aire limpio, de la flora y de la fauna, entonces tendría que concentrarse en hacer bien su trabajo, en mejorar la seguridad pública, en tener crecimiento económico, en aplicar políticas públicas para mejorar el medio ambiente y en fortalecer al sector salud, la educación y la ciencia. Eso sí le corresponde hacer. Así que, en lugar de estar escribiendo catálogos moralizantes, el Presidente debería estar haciendo su trabajo. Es inmoral dedicarse a predicar, en lugar de asumir sus responsabilidades.

roberto.blancarte@milenio.com

  • Roberto Blancarte
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