Gato por liebre

  • Columna de Roberto Gil Zuarth
  • Roberto Gil Zuarth

Ciudad de México /

“Por el bien de todos, primero los pobres”, prometió por más de una década AMLO. Fue, sin duda, el ejercicio narrativo más exitoso desde 2000: conquistada la democracia, ahora vendría de su mano la justicia social.

Por muchos años, el hoy presidente fue el candidato a vencer. Su talante y programa fueron siempre una incógnita, pero en cada una de las elecciones en las que contendió representó la alternativa creíble al cambio frustrado. Concentró hábilmente la esperanza de transformación en dos temas dolorosos e indignantes: la pobreza y la corrupción. Convenció a millones de que eran las dos caras de la injusticia. Desde la lacerante y visible desigualdad tejió el relato épico de la lucha del pueblo contra una élite de privilegiados que capturan corruptamente la riqueza de todos. Ese fue su reflejo más audaz. López Obrador tomó la trinchera de la honestidad y no la soltó jamás. Hizo de sus adversarios distintas versiones de lo mismo. Los derrotó fuera de la competencia: los despojó de legitimidad para disputarle la razón y, por supuesto, el poder.

La fuerza arrolladora del carismático candidato contrasta crudamente con la insolvencia del errático presidente. López Obrador disfruta las campañas pero padece el ejercicio de gobierno. Entiende a su presidencia como la interminable travesía que lo llevó al poder. Obseso de su guión, intolerante frente a la crítica, incapaz de rectificar, refractario a las restricciones, desdeñoso de la técnica, el Presidente cabalga entre molinos de viento silbando su oda. Su proyecto de gobierno no es más que la suma de ocurrencias y caprichos bajo el mantra de la cuarta transformación. Voluntarismo que se extravía en las ejecuciones. Una presidencia unipersonal, sectaria, aislada, provinciana.

Los primeros meses de este gobierno son incompatibles con la promesa de poner a los pobres en el centro. El desmantelamiento de Prospera agravó la situación de los 25 millones de mexicanos más pobres. Se suspendieron las Estancias Infantiles que habían mejorado el desarrollo de los niños, la inclusión laboral de sus madres y la disminución de la violencia intrafamiliar. Morena propuso y aprobó la ampliación del catálogo de delitos que ameritan prisión preventiva, como si el sistema penitenciario no estuviera saturado por inocentes que no tuvieron una defensa apropiada por ser pobres. El desabasto en los servicios de salud se ha incrementado a niveles insostenibles. La promesa fue terminar con los derroches, pero esa mal entendida austeridad han terminado por comprometer las capacidades fundamentales del Estado para dotar de servicios públicos a las personas.

El desempeño económico será la factura que pagarán los más pobres con inflación y desempleo. Por esa fragilidad autoinfligida de la economía, México aceptó la vergonzosa tarea de perseguir a los migrantes ¿En qué moralidad pública encuentra justificación algo así?

Nada se ha hecho en materia de corrupción. Más opacidad, menos licitaciones, más asignaciones directas. La información del gobierno se reserva cada vez más con atajos a la ley e interpretaciones forzadas. Se han documentado conflictos de interés y tráfico de influencias que el Presidente no ha reconocido y mucho menos castigado.

Ni justicia social, ni combate a la corrupción. Quizá el Presidente tiene razón: por ahí, alguien o muchos, fuera del gabinete, siguen entusiasmados con el cambio. Pero a un año de la elección que convirtió al eterno candidato en presidente, difícilmente puede concluirse otra cosa: nos han dado gato por liebre.

@rgilzuarth

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