En el punto más álgido de la crisis hídrica en Nuevo León hace un par de años, escuché a un líder local afirmar sin titubear: “Esto no es una crisis; algún día tiene que volver a llover y las presas se recuperarán”.
Hoy, cuando los niveles de almacenamiento de las presas Cerro Prieto y La Boca son frágiles ante la extracción de El Cuchillo, las altas temperaturas y el estiaje prolongado, resulta imposible no recordar aquella frase. Una frase que denota una visión tan lamentable como incorrecta.
Esa postura negacionista, todavía arraigada en muchos de los liderazgos locales frente al cambio climático, la contaminación del aire y la sobreexplotación de los recursos, es precisamente la razón por la cual resulta tan difícil articular soluciones de fondo a los problemas socioambientales locales y globales. Peor aún: es esa misma apatía ilustrada la que condena de manera inminente el bienestar de las futuras generaciones.
Desafortunadamente, ver los embalses llenos desata un fenómeno de amnesia colectiva. Olvidamos de inmediato la extrema vulnerabilidad de nuestras fuentes de abasto en la Zona Metropolitana. Ocurre exactamente igual cuando un día de viento y cielo despejado hace creer a muchos que “la contaminación ha desaparecido”.
Parafraseando a un expresidente mexicano, ver La Boca a su máxima capacidad no puede llevarnos a un espejismo que nos haga creer que el reto actual es únicamente “administrar la abundancia”.
Cuenta una conocida parábola que a un joven le regalaron un caballo y los habitantes de su aldea exclamaron: “¡Qué maravilla, tiene un caballo!”. El maestro zen del pueblo sólo respondió: “Ya veremos”. Tiempo después, el joven cayó del animal y se fracturó una pierna. Los vecinos lamentaron: “¡Qué tragedia, se ha roto la pierna!”. El maestro volvió a murmurar: “Ya veremos”. Poco después estalló la guerra y todos los jóvenes fueron reclutados, excepto el muchacho lesionado. Los aldeanos celebraron de nuevo: “¡Qué fortuna!”… y el maestro repitió: “Ya veremos”.
Con el agua nos sucede igual. Conviene recordar que sólo eventos meteorológicos extraordinarios como los huracanes Alex o Alberto lograron rescatarnos del colapso en sus respectivos momentos. Confundir un alivio temporal con una solución definitiva es un error. Ni un fenómeno meteorológico que llene las presas ni el eventual cierre de tal o cual industria resolverán por sí solos la crisis ambiental en el estado.
Las asignaturas pendientes son enormes. El clima nos ha otorgado una tregua para trabajar en las soluciones sin la presión del estado de emergencia en el que estábamos sumidos hasta hace poco. La pregunta final no es si lloverá de nuevo, sino —como diría el maestro zen— ya veremos si como sociedad seremos capaces de aprovechar esta oportunidad.