Con los niños no se metan

Ciudad de México /

La detención del presunto agresor de una menor en la colonia Santa Elena de la Cruz, en Guadalajara, debe convertirse en un mensaje contundente para toda la sociedad: con los niños nadie debe meterse. No hay argumento, excusa ni justificación posible para quien atente contra la integridad de una niña o un niño. Estos delitos lastiman profundamente no solo a una víctima y a su familia, sino a toda una comunidad que observa con indignación cómo existen personas capaces de cometer actos tan deleznables.

En esta ocasión hay que reconocer el trabajo coordinado de las autoridades de Jalisco. La Fiscalía y la Policía Estatal actuaron con rapidez para localizar al señalado, realizar cateos y finalmente detenerlo. En tiempos donde muchas veces la ciudadanía pierde la confianza en las instituciones, también es importante señalar cuando las cosas se hacen bien y cuando la investigación logra dar resultados concretos.

Pero sería injusto pensar que esta captura fue únicamente producto de la labor gubernamental. Aquí hubo un factor determinante: la sociedad. Miles de personas compartieron el video en redes sociales, ayudaron a difundir el rostro del presunto agresor y mantuvieron viva la exigencia de justicia. La presión social y la solidaridad ciudadana fueron fundamentales para impedir que este sujeto simplemente desapareciera entre el anonimato.

Las redes sociales, tantas veces criticadas por la desinformación o los excesos, demostraron también que pueden convertirse en herramientas poderosas para la justicia. Cuando la ciudadanía se involucra, comparte información y ayuda a visibilizar un caso, se rompe el silencio que muchas veces protege a los agresores. Compartir no fue morbo; fue una acción colectiva para proteger a otros menores y ayudar a localizar a quien hoy enfrenta la justicia.

Y precisamente por la gravedad de estos delitos es necesario abrir una discusión seria sobre las penas que reciben quienes abusan o agreden a menores. La sociedad está cansada de ver casos donde los responsables terminan obteniendo beneficios legales o sentencias que resultan insultantes frente al daño provocado. Quien destruye la inocencia de un niño merece enfrentar el máximo castigo que permita la ley.

Porque no se trata solamente de castigar; se trata también de prevenir. Cuando las penas son débiles o las consecuencias parecen mínimas, el mensaje que se envía es peligroso. La protección de la infancia debe ser absoluta y prioritaria. Los niños tienen derecho a crecer seguros, sin miedo y protegidos por un Estado que actúe con firmeza frente a cualquier amenaza.

También hay que entender que detrás de cada caso existe un enorme dolor familiar. Padres, madres y seres queridos viven una angustia indescriptible cuando un menor es víctima de violencia. Por eso cada minuto cuenta y cada denuncia importa. La indiferencia jamás puede ser opción. Si como sociedad aprendemos a reaccionar unidos y con rapidez, estaremos cerrando espacios a quienes creen que pueden actuar con impunidad.

Hoy el presunto responsable ya está detenido y deberá responder ante la ley. Pero este caso deja una lección clara: cuando autoridades y ciudadanía trabajan juntas, sí se pueden obtener resultados. Que este hecho sirva para reforzar la cultura de la denuncia, de la solidaridad y de la protección absoluta hacia la niñez. Porque si hay una línea que jamás debe cruzarse, es la de tocar a un niño.


  • Rubén Iñiguez
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