Cuac cuac, dicen los buscadores

Jalisco /

“Cuac cuac…

Presidenta @Claudiashein, si quiere no me vea como un padre que busca a su hijo, véame como un pato, pero por favor dígame: ¿cuándo me recibe en la mañanera?

Cuac cuac…”

El mensaje de este padre buscador se volvió viral no por su forma, sino por lo que desnuda. En un país donde las desapariciones siguen siendo una de las crisis más dolorosas —con más de cien mil personas no localizadas según registros oficiales y el trabajo constante de colectivos— la lucha de las familias ha tenido que adaptarse a la persistencia, a la calle y, en muchos casos, a la indiferencia institucional. La ironía del “pato” no es un chiste: es una estrategia desesperada para ser visto.

En días recientes, el caso del pato Merlín, convertido en fenómeno viral y recibido simbólicamente en la esfera pública y mediática, abrió una comparación incómoda. No se trata de enfrentar el afecto popular hacia un animal que generó simpatía en redes, sino de observar el contraste que perciben muchas víctimas: mientras algunas historias logran espacio en la conversación pública por su viralidad, otras, como la de los buscadores, parecen seguir esperando una audiencia formal que nunca llega.

Ese contraste es el corazón del reclamo. El padre no pide privilegios ni espectáculos, pide interlocución. Su mensaje expone una percepción extendida entre colectivos de búsqueda: la sensación de que la atención del Estado es intermitente, selectiva o condicionada a la visibilidad mediática del momento. Y cuando eso ocurre, el dolor deja de ser únicamente privado para convertirse en una pregunta pública sobre prioridades.

El “cuac cuac” funciona como una metáfora incómoda. Es la voz de alguien que, sintiéndose ignorado como ciudadano, intenta reinventarse en cualquier forma posible con tal de ser escuchado. No es burla, es resignación convertida en ironía. En esa frase se condensa una tensión profunda entre el lenguaje del poder y el lenguaje del sufrimiento.

El problema de fondo no es nuevo. En México, los colectivos de búsqueda han señalado reiteradamente la falta de atención suficiente, la burocracia en los procesos y la lentitud en la respuesta institucional. Al mismo tiempo, han sido ellos quienes han sostenido gran parte de la localización de personas, muchas veces sin recursos, sin protección y sin el acompañamiento que deberían recibir del Estado.

La comparación con el fenómeno de Merlín no busca trivializar nada, sino evidenciar una contradicción simbólica: lo que se vuelve visible y lo que permanece invisible en la esfera pública. La viralidad no debería ser el filtro de la dignidad, pero en la era digital muchas veces termina influyendo en qué historias reciben atención y cuáles no.

La presidenta y su equipo han insistido en la atención a víctimas y en la continuidad de las políticas de búsqueda, pero la percepción social es otro terreno. Y ahí es donde mensajes como el del padre encuentran eco: porque hablan menos de un evento aislado y más de una sensación acumulada de distancia entre el dolor social y los canales de poder.

Al final, el “cuac cuac” no es sobre un pato. Es sobre una pregunta más profunda y persistente: ¿qué tiene que hacer una familia en México para ser escuchada cuando busca a un hijo desaparecido? Mientras esa respuesta siga sin ser clara, cada gesto viral, cada contraste y cada silencio institucional seguirán alimentando una herida que no deja de abrirse.


  • Rubén Iñiguez
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