Cuando informar, cuesta la vida

Jalisco /

Hay noticias que un periodista escribe con las manos, y otras que se escriben con el alma rota. La confirmación del asesinato de Roxana Guzmán pertenece a estas últimas. No es solamente el hallazgo del cuerpo de una colega; es la constatación de que en México ejercer el periodismo continúa siendo una profesión donde la verdad puede costar la vida. Cada nombre que se suma a esta dolorosa lista representa una voz que fue silenciada, una familia destrozada y una sociedad que pierde el derecho a estar informada.

Lo que hace todavía más indignante este caso no es únicamente la brutalidad del crimen, sino la presunta participación de cuatro policías municipales, quienes, de acuerdo con las investigaciones, habrían colaborado con el grupo criminal que privó de la libertad a la periodista. Cuando quienes juraron proteger a los ciudadanos terminan entregándolos a sus verdugos, la confianza en las instituciones se derrumba y el Estado deja de ser refugio para convertirse en motivo de miedo.

Como periodista resulta imposible leer esta noticia sin preguntarse cuántas veces hemos recorrido calles oscuras, tocado puertas incómodas o publicado información sabiendo que alguien podría molestarse. Vivimos convencidos de que informar vale la pena, pero cada caso como el de Roxana nos recuerda que detrás de cada nota hay una familia esperando que regresemos a casa. Nadie estudia periodismo para convertirse en mártir; se estudia para servir a la sociedad.

La libertad de expresión no desaparece únicamente cuando un gobierno censura un medio de comunicación. También muere cuando el miedo obliga a un reportero a callar, cuando una amenaza impide publicar una investigación o cuando el crimen organizado decide qué historias pueden contarse y cuáles deben permanecer enterradas. El silencio impuesto por el terror es una de las formas más crueles de censura.

México no puede acostumbrarse a que asesinen periodistas como si se tratara de una estadística más. Cada comunicador asesinado representa una investigación que quedó inconclusa, una denuncia que nunca llegó a publicarse y miles de ciudadanos privados de conocer la verdad. Matar a un periodista no es únicamente atacar a una persona; es dispararle al derecho de toda una sociedad a estar informada.

Veracruz carga desde hace años con una historia dolorosa para el gremio periodístico. Los nombres de colegas asesinados siguen presentes en la memoria colectiva como recordatorio de que la impunidad alimenta nuevos crímenes. Mientras los responsables materiales e intelectuales no enfrenten plenamente la justicia, el mensaje para quienes amenazan a la prensa seguirá siendo el mismo: que silenciar periodistas puede salir barato. (El País⁠)

A Roxana Guzmán no la derrotaron sus palabras. La asesinaron quienes le temían a la información, quienes entendían que una periodista libre representa un obstáculo para la corrupción y la delincuencia. Pero también sería una derrota permitir que su historia se pierda entre los titulares de un solo día. Honrar su memoria implica seguir haciendo preguntas incómodas, exigir justicia y negarse a normalizar el horror.

Hoy escribo estas líneas como periodista para otra periodista que ya no puede hacerlo. Porque mañana cualquiera de nosotros podría ocupar ese lugar. Porque la libertad de expresión nunca ha sido un privilegio de los medios, sino un derecho de todos los ciudadanos. Y porque cuando un periodista es asesinado con la complicidad de quienes debían protegerlo, no solamente vuelve a fallar el Estado: pierde la democracia, pierde la justicia y perdemos todos.


  • Rubén Iñiguez
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