El silencio institucional provoca caos social

Jalisco /

En México no solo enfrentamos crisis de seguridad; enfrentamos crisis de comunicación. Cuando estallan hechos de alto impacto, la información oficial suele avanzar a paso lento, mientras la realidad corre a toda velocidad. Tras la detención y posterior fallecimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, lo que dominó el ambiente no fue la claridad, sino el desconcierto. La ciudadanía quedó atrapada entre bloqueos, incendios y versiones extraoficiales, mientras las autoridades federales y estatales intentaban construir un mensaje que llegó cuando el daño ya estaba hecho.

No fueron incidentes aislados. Se habló de 489 vehículos incendiados y afectaciones en 22 estados del país. En Jalisco, particularmente en Guadalajara y su zona metropolitana, la percepción fue de vacío informativo. Mientras se registraban bloqueos en puntos estratégicos, miles de personas buscaban orientación en redes sociales ante la ausencia de reportes claros y constantes por parte de la autoridad. El problema no fue solo la violencia, sino la falta de una narrativa institucional oportuna que ofreciera certeza en medio del caos.

Al día siguiente, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que las carreteras federales estaban nuevamente transitables. Sin embargo, en los hechos, muchos tramos seguían obstruidos por unidades calcinadas y labores inconclusas. Esa desconexión entre el discurso y la experiencia ciudadana erosiona la confianza pública. Cuando la versión oficial no coincide con lo que la gente ve, escucha o vive, se abre una brecha peligrosa.

En el ámbito estatal ocurrió algo similar. El gobernador Pablo Lemus anunció el retiro de la alerta roja, pero minutos después se reportaron nuevos narcobloqueos en Tala, Autlán y distintos puntos de la zona metropolitana. Más que un error operativo, lo que quedó expuesto fue la fragilidad de los mecanismos de comunicación en tiempo real. Declarar que el riesgo terminó, cuando aún hay focos activos, genera más incertidumbre que tranquilidad.

La incertidumbre creció con la información extraoficial sobre el cuerpo de Rubén Oseguera. Se mencionó un velorio en la colonia San Andrés y un posible sepelio en el Recinto de La Paz, en Zapopan, donde hubo presencia de fuerzas federales y estatales. Sin embargo, ninguna autoridad confirmó de manera clara lo que estaba ocurriendo. La estrategia pareció ser el silencio o la negación, en lugar de la transparencia preventiva.

Resulta contradictorio que se exhorte a la población a no difundir noticias falsas, pero no se proporcionen datos suficientes para evitar la especulación. Combatir la desinformación no consiste en descalificar rumores; consiste en anticiparse a ellos con información verificable y constante. En contextos de violencia, la ausencia de comunicación oficial se convierte en terreno fértil para el miedo colectivo.

La localización de vehículos abandonados y ponchallantas en la zona de la Glorieta Colón reforzó esa sensación de zozobra. Aunque la autoridad informó más tarde que no existía relación con los eventos previos, el anuncio llegó cuando la percepción de riesgo ya se había expandido. En escenarios de tensión social, el tiempo lo es todo: unas horas de silencio pueden equivaler a días de angustia para la población.

La sociedad no demanda espectáculos mediáticos ni detalles que comprometan operativos; exige información clara, útil y oportuna. La comunicación en crisis es parte esencial de la gobernabilidad democrática. Informar a tiempo no solo ordena la narrativa pública, también protege la estabilidad emocional de comunidades enteras. Porque cuando el Estado no comunica con rapidez y precisión, el vacío se llena de incertidumbre… y la incertidumbre, inevitablemente, se transforma en temor.


  • Rubén Iñiguez
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