La multitudinaria comunidad nacional respalda, abierta o silenciosamente, el esfuerzo estratégico de la presidenta Claudia Sheinbaum ante las embestidas verbales y la insinuación interventora del presidente Donald Trump.
Contra el denuedo con el cual un segmento de la oposición trata de enfatizar supuestas debilidades ante el hegemón estadunidense y respecto de los cárteles buscando promover al exacerbado mandatario, la mandataria se anticipa y neutraliza. La soberanía encuentra en la eficiencia quirúrgica de sus instituciones judiciales y de inteligencia policial una renovada herramienta de legitimación de la seguridad.
La captura de César Alejandro “N”, El Botox, y el envío coordinado de 37 objetivos prioritarios a Estados Unidos, representan un argumento a favor de la coordinación y del respeto a la soberanía con todo y la volatilidad verbal del vecino del norte.
Sheinbaum limpia el tablero criminal interno, desarticula el pretexto de la inacción para justificar amagos de fuerza y reitera una asertiva voluntad de la comunidad nacional en cuyo nombre la mandataria se expresa.
El Botox era símbolo del control territorial sobre economías regionales como la del limón. Su detención, ejecutada bajo la supervisión de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana encabezada por Omar García Harfuch, indica la transición del modelo de contención reactiva a uno de desarticulación financiera y operativa.
Si la seguridad es, como decía Max Weber, el monopolio de la violencia legítima, el Estado fortalece la recuperación de ese monopolio mediante la inteligencia que identifica y afecta a los criminales.
El envío de 37 narcotraficantes a las cortes estadunidenses funciona como una válvula ante la presión política y como mecanismo de eficacia operativa y de construcción de opinión pública.
Al entregar esos perfiles, Sheinbaum neutraliza el argumento de un México protector de inundados de droga del país más consumidor de las mismas. Una diplomacia de la captura contra ausencia de respeto por el derecho internacional.
En la capital del país, este modelo de seguridad tiene un espejo en la gestión de Clara Brugada. La jefa de Gobierno ha consolidado una tendencia a la baja en delitos de alto impacto y una disposición asertiva de seguridad extendiendo y ampliando el modelo iniciado por Sheinbaum. La Presidenta atiende la macroestructura del crimen organizado y las relaciones transnacionales, Brugada se enfoca en lo local y la recuperación del espacio público. La pinza institucional demuestra una cadena de mando alineada donde la paz es fruto de la justicia, la vigilancia operativa y la presencia efectiva de las fuerzas armadas.
En un contexto de escepticismo crónico, cuando se capturan y se envían delincuentes, unos hablan de ofrendas desde su derecho a la oposición y otros de afinada defensa de la soberana en tiempos de regreso de vocaciones autoritarias.