Vi la Mano Silla en la película de Stanley Kubrick, Naranja Mecánica, antes que en la Alameda; una cinta de 1971 en un escenario iterando la obra de Pedro Friedeberg quien murió este jueves a los 90 años dejándonos una extensa obra de rebeldía. Una trayectoria artística de quien gracias a sus padres escapó al holocausto en cuanto ellos entendieron, en 1939, la gigantesca sombra del nazismo extendiéndose sobre Europa.
La Mano Silla, en la casa de una pareja con un empeño intelectual, tan sofisticado como vano, de ser comprensivos respecto de la violencia. Termina ese apetito humanista en el momento en el cual los criminales del bowler producen violación y muerte de la esposa. Alex y sus pandilleros adictos consumen Moloko Plus —leche con anfetaminas— y mezcalinas para estimular ultraviolencia. Una experiencia cotidiana e individual de menor calado colectivo que la del torpedo dirigido por Estados Unidos contra el buque iraní desapareciendo cientos de vidas en un instante.
Mano mecedora de la cuna con alto octanaje de autoritarismo hegemónico es, en política global, la mano del poder desatando las nuevas tensiones globales mediante las cuales se redefinen fronteras políticas y económicas con independencia del dulce ánimo ingenuo usado para declararnos ambiguamente a favor de la paz y por el bienestar de un humanismo lejos de la capacidad protectora de las muy desgastadas Naciones Unidas. Lejos de las acciones de los adversarios chinos o rusos del presidente Donald Trump.
La violencia contra la mujer de los gatos, la muy madura yogui, ridiculizada, violada, asesinada no es un arrebato de la libido. Es la imposición del poder del hombre autor, director, espectador, escrito sobre el cuerpo femenino para ratificar un mandato de dominio. Una premisa descrita por la antropóloga Rita Segato. El tiempo de mujeres no puede reducirse a concesión biopolítica; debe ser una métrica de gestión pública y es más fácil que lo sea con la presidenta, Claudia Sheinbaum, o la jefa de Gobierno, Clara Brugada, a que se registre en el mundo árabe, en China o incluso en Rusia.
Las mujeres participaron en respaldo de los hombres de la guerra y aceleraron su incorporación a las libertades económicas y sexuales avizoradas por Aleksandra Kolontái desde hace 120 años. Ochenta años después de concluida la II Guerra Mundial, Trump reanuda la capacidad de despliegue fatal de submarinos y torpedos como una muestra del poder patriarcal más gigantesco generado en la historia de la humanidad. Lo hace absolutamente impune e inmune a todos los feminismos nucleares existentes más en la retórica que en la acción, en la antesala del 8M.
Según la ONU, casi una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual en su vida. En México, el INEGI revela que el 70 por ciento la ha experimentado. Todavía no tenemos formas de torpedear el buque del patriarcado y ofrecer una plena Mano Silla para la libertad de las vulneradas.