Quien carece de conocimiento de la determinación de la presidenta Claudia Sheinbaum puede fácilmente desorientarse respecto de las amenazas al proyecto encabezado por ella. Si ignoran su proverbial cuidado para la gestión del poderoso respaldo de una muy considerable mayoría electoral, algunos pueden, en todo su derecho, caer en la tentación de confundir los incidentes del camino con el camino y quien lo transita.
¿Requiebres de la DEA y beneficiarios ahora perjudicados por la alusión generando ligero oleaje de incertidumbre? ¿Aparente distanciamiento táctico, aunque no cualitativo y mucho menos definitivo del expresidente Andrés Manuel López Obrador? ¿Toma de decisiones por ahora pospuestas respecto de la indisciplina o irregularidades reales o percibidas, publicadas o impublicables de gobernadoras o colaboradores? ¿Apuesta audaz a la inversión y el crecimiento a pesar de las amenazas por las veleidades tarifarias del vecino del norte? ¿Observación y diagnóstico puntual vinculado a las actitudes de figuras públicas buscando negociar para sus vástagos e hijas posiciones en 2027 después de haber conocido las claras simulaciones de muchos reveladas en la elección de 2021?
Sheinbaum es una mandataria arribando a la plenitud del poder presidencial. Se potencia en su sistemática honestidad y completa humildad respecto del servicio público y del compromiso con un obradorismo con grietas más relacionadas con la ausencia de ética política de izquierda de muchos personajes provenientes de lógicas de acceso y retención del poder más semejantes con el periodo previo al cambio de régimen que con la etapa posterior a 2018.
El pasado no se ha ido por completo. El 2027 será clave en la manera en la cual el ritmo de su desplazamiento hacia los registros de lo definitivamente ido se acelera. Hacia 2030, la jefa del Estado cuenta con las virtudes propias de quien ya observó con detalle el comportamiento de unas y otros. El segundo Informe de gobierno se dirige más hacia el recuento que a la prospectiva. Viene la acción muy próxima, la renuencia a perder tiempo en las fisuras dentro del movimiento político con mayor probabilidad de entenderse que se haya generado en los últimos cien años.
Antonio Gramsci definía la hegemonía no como imposición coercitiva, sino como consenso dirigido, con aceptación voluntaria de las mayorías mediante la articulación de reivindicaciones generales. Las minorías no parecen aún capaces de constituir predominancia ni entre sus propias filas. Además, serán sacudidas por sus propias debilidades.
Convergencia de mayoría. Capacidades orientadas hacia la soberanía nacional y popular con derechos sociales en un contexto macroeconómico disciplinado. Sheinbaum, con liderazgos como el de Clara Brugada desde la Ciudad de México, avanza en la construcción de una hegemonía democrática sustentada en resultados y virtudes.