No es tan impecable y diamantina pero esta patria ardiente canta la exquisita partitura de una victoria indispensable para alivio de sus íntimos y amplios desafíos, los provenientes de espumosas olas civiles con una épica sordina rendida ante el dos a cero festejado por la presidenta Claudia Sheinbaum, y otros 130 millones de personas, brincando en el Festival Futbolero desplegado en el Deportivo los Hermanos Galeana por instrucción de la jefa de Gobierno, Clara Brugada, del cual nos toca la inesperada fortuna de coorganizar.
Rondan los palomos colipavos, atentos a las campanadas que no caen como centavos y provienen de los apetitos de fracaso, conflicto, odio y una furia vestida de satín y fino algodón antes que de percal y abalorio como bien diría hace exactamente 105 años Ramón López Velarde en “La suave Patria”.
No es tampoco que el tren del triunfo vaya por la vía de la dificultad, el asedio, el sitio, la provocación o la mala fe como aguinaldo de juguetería sino que los dos balones hundidos en la red reiteran a nuestra suave patria y suave victoria y revelan que tu casa, la mía, la nuestra, es tan grande que caben el barullo de las ofensas, los ataques y las maldiciones así como las estaciones todas y los gritos de los niños frente a la Presidenta, a dos sitios de nosotros, uno de quienes prácticamente levita —ver la foto del Gobierno de México demostrándolo— al proyectarse al caer el gol mil de la selección nacional, hacia arriba aún sentado con las piernas cruzadas y los brazos alzados hacia el cielo de la carpa en el festival futbolero organizado en la alcaldía Gustavo A. Madero encabezada por Janecarlo Lozano.
La mirada, la realidad mestiza, la inmensidad de los corazones, especialmente el de la capital nacional, preferida por López Velarde también, donde ahora, diría Brugada, habita la capital de la transformación con su ajolote de colores patrios incorporado, derrotan el pesimismo y la totalidad de los malos augurios incluidos los relacionados con la desafiada gobernabilidad de la nación y la capital liderada por la enorme sonrisa de Clara junto a Claudia quienes cantan juntas con Maná —ellos en el Coloso—, “Oye mi amor”, y se alude al derechista frío y aburrido, un tonto reprimido buscando represión al cual deseo imaginar.
Julián Quiñones y Raúl Jiménez al perforar las redes sudafricanas nos conducen a juntar nuestras almas a la jalisquilla; los cuerpos en abrazos, las manos en señales extáticas por la suave victoria que López Velarde vaticinó, coinciden con el trueno de nuestras nubes al terminar el partido, que nos baña de la locura del gol, enloquece a la planicie y la montaña, tunde al hombre pero no al tiempo de mujeres, sana al lunático, reincorpora a los fallecidos y de pasada coloca al Palacio Nacional al ras del territorio donde Sheinbaum abraza niñas y niños, firma autógrafos, acepta fotografías y se retira con Brugada desde la suave victoria. La de ellas.