Columna de Sandra Romandía

El color de una despedida

Sandra Romandía

Hace un año nos encontramos por primera vez en este espacio, el de Opinión de Milenio. A lo largo de este tiempo he tenido la oportunidad de compartir historias, análisis y datos con la convicción de aportar información útil para que como ciudadanos tomemos mejores decisiones.

Aquí describí, como primera colaboración, la situación de las cárceles en el Estado de México donde se propagaba la pandemia por Covid 19 en celdas donde el espacio es tan escaso que algunos reos deben dormir de pie amarrados a las rejas, y otros debajo de las literas sobre un piso con ratas y agua del drenaje. (¿Qué esperamos para despresurizar cárceles en esta pandemia?) Actualmente, me aseguran fuentes al interior del penal de Chiconautla, el número de muertos es incalculable ya que las autoridades penitenciarias se han negado a dar un seguimiento con pruebas para detectar casos y clasificarlos como tal.

También comenté sobre la falta de preparación del gobierno federal para atender la pandemia (Los registros que muestran que no, no nos preparamos) ya que según datos obtenidos en registros públicos de Compranet, apenas a finales de marzo se solicitaron las primeras compras de ventiladores e insumos de protección médica, cuando la contingencia sanitaria ya tenía meses en el mundo. En ese tenor, expuse que según información entregada vía transparencia que revelaban que a dos meses de iniciada la pandemia la probabilidad de morir tras ser intubado en un hospital público era de 69% contra 33% en uno privado.

Luego llegó julio, y me tomé una licencia para exponer la historia de mi abuelo (El virus que se llevó a mi abuelo) quien murió por Covid19 en un contexto nada favorecedor para los mexicanos. Un recuento de las fallas en las acciones gubernamentales, como inversión, liderazgo y medidas efectivas para aminorar los efectos de la pandemia. Un escrito personal en el que busqué ubicar mi propia historia en la que podría ser la de muchos mexicanos más que sufrimos la pérdida de nuestros seres queridos azorados frente a la inacción de nuestros gobiernos.

La pérdida de mi abuelo me llevó a volver, durante esta pandemia, ciertos días del mes a mi ciudad natal, Hermosillo, en busca de reconectar con aquellos familiares y amigos que aprecio y a quienes durante muchos años no podía frecuentar por las ocupaciones del oficio. Disfrutar a los que queremos antes de que lo inesperado ocurriera se volvió una afición para muchos, supongo. Y volver de manera periódica y frecuente –aunque sea durante unos días- a esa ciudad me hizo verla con otros ojos y observar otros fenómenos, por ejemplo la explotación del número de indigentes en sus calles. Cenizos, en medio de un calor de más de 40 grados centígrados, bajo puentes o en canales. La pandemia empezaba a dejar estragos en quienes están en el eslabón último de la cadena laboral, y de ello escribí en la columna “Mi piel ceniza, la que no cuenta”. (Mi piel ceniza, la que no cuenta)

Así, domingo a domingo tuve el privilegio de contar con este espacio para encontrarlos a ustedes, lectores, con quienes se creó una especie de cuadrilátero íntimo para el debate y la retroalimentación vía redes sociales y otros medios de contacto por los que me llegaron innumerables mensajes sobre los temas publicados, como en el caso del artículo “Los ojos de Durazo”, en el que daba cuenta cómo el entonces secretario de Seguridad Ciudadana invertía más tiempo en construir su candidatura para gobernador que en atender un país que se caía a pedazos por la violencia y el control de los cárteles.

El reacomodo del narcotráfico y la corrupción inmobiliaria la Ciudad de México, así como la utilización de empresas fantasma por parte del gobierno a cargo del presidente Andrés Manuel López Obrador, fueron otros temas.

Sin intención de extenderme más, termino este recuento para agradecer en esta última columna a la gran familia que es Milenio por la oportunidad y por el espacio que me fue otorgado de la mano de una absoluta libertad de expresión.

Y agradecer a ustedes, lectores, por dedicar un tiempo no solo para leer, a veces también para compartir, discutir y aportar más datos sobre una historia.

Creo con todo mi ser que el camino para construir una sociedad y un país fuerte debe estar alimentado por el oficio de periodismo, con pasión, rigurosidad y responsabilidad. Con el contraste de datos, la búsqueda de novedades y las incansables ganas de contar una historia.

El ciclo en esta casa editorial ha concluido y yo estoy segura que nos seguiremos leyendo, porque como diría William Shakespare “el destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”, y en ese juego nos volveremos a encontrar.

Sandra Romandía es periodista de investigación. Coautora de Narco CDMX (2019) Grijalbo; y Los 12 Mexicanos más pobres (2016) Planeta y ganadora de la beca María Moors Cabot, de la Universidad de Columbia

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