De blasfemia y blasfemos

Ciudad de México /

Blasfemia es una palabra de origen griego que significa “ataque a la reputación”. Se encuentra por primera vez utilizada en alguna obra de Demóstenes. Para los griegos, el honor lo era todo y, precisamente por eso, un ataque a su honor era considerado como un tema de mayor importancia.

Pero fue la Iglesia católica la que tergiversó el concepto dándole una connotación teológica de carácter negativo. Dice Voltaire, en su Diccionario Filosófico, que “los jesuitas sostuvieron durante cien años que los jansenitas eran blasfemos, y lo probaron por medio de las órdenes secretas que contra ellos se dictaron, y los jansenitas les respondieron escribiendo más de cuatro mil volúmenes para probar que los jesuitas eran los que blasfemaba”. La palabra adquiere, en el contexto histórico, el elemento para denostar y acusar al opositor teológico, pero solo cuando los papas intervinieron allá por el siglo VII, adquiere el rango de impiedad, irreverencia y pecado. Claro está que no cualquier pecado. La blasfemia era el pecado en sí. Un blasfemo –como consecuencia- era un pecador pero no cualquier pecador. Era el mismísimo diablo porque la blasfemia era única y exclusivamente contra Dios.

Entre los años 1740 y 1741 se representó en Francia una de las obras menores de Voltaire, la pieza teatral El fanatismo o Mahoma. El profeta. Parece ser que la obra disfrutó de un éxito de público considerable pero que su representación fue finalmente prohibida por la presión de la Iglesia católica. Y es que, tras la parodia del profeta musulmán, podía fácilmente deducirse que la intención del autor era llevar a cabo una crítica general al fanatismo monoteísta y, en concreto, al de la propia Iglesia católica.

La blasfemia te llevaba a la muerte, a la hoguera, a la inquisición, y eso no hace tantos años. Ahora, de vez en cuando, reverdece y se manifiesta en palabras y voz del famoso y polémico Juan Sandoval Íñiguez. Si hubiéramos estado en la Edad Media, la acusación de Sandoval Íñiguez habría llevado al autor de la obra “Sincretismo” y al mismísimo alcalde tapatío a la hoguera. Decir que Guadalajara está en pecado y que la obra en cuestión es una blasfemia, nos recuerda esos pasajes históricos medievales en los que el blasfemo surgía de la nada, era acusado por alguien, y condenado inmediatamente a la muerte. Claro está que no vivimos en ese tiempo pero resulta preocupante que el desacuerdo con la obra citada nos haya movido del espacio público a la esfera teológica. Y ahí, en la esfera teológica, la condena es impostergable.

En el espacio público no debemos dejar pasar que la utilización del recurso público que hagan referencia a una fe, sea a través de una obra cultural, del turismo religioso, o de otras formas, son elementos que indican o pueden constituir una violación al estado laico. El caso más sonado recientemente en este tema es el de Zacatecas, acaso mucho más grave cuanto es más claro ha sido en sus intenciones de promover una fe en un México laico.

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  • Sara S. Pozos Bravo
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