Una sociedad comienza a deteriorarse mucho antes de que sus instituciones colapsen.
Ocurre cuando incumplir la palabra deja de causar vergüenza, aprovecharse de los demás se considera inteligencia y respetar las reglas parece una ingenuidad.
No se trata de idealizar el pasado. Ninguna época ha estado libre de abusos, pero conviene preguntarnos qué conductas estamos normalizando hoy.
Porque también educamos con aquello que toleramos, premiamos y admiramos. Cuando importa más lo que alguien posee que la manera en que lo consiguió, el éxito se separa de la responsabilidad y la honorabilidad.
Quizá por eso vemos a tantas personas, especialmente a políticos, dispuestas a hacer cualquier cosa para enriquecerse.
Arriesgan el nombre, el legado de una familia, la libertad y hasta la vida por acumular cantidades que jamás podrían gastar.
No es sólo una falla individual. También revela una sociedad en la que los límites han perdido fuerza y el beneficio personal puede desligarse de cualquier compromiso con los demás.
Los valores se forman en la vida cotidiana. En la familia que enseña límites y cumple lo que promete. En la escuela que no sólo transmite conocimientos, sino que corrige, exige y forma. En el deporte que obliga a respetar reglas y a comprender que ningún talento sustituye al esfuerzo colectivo.
También en la comunidad, donde descubrimos que no todos nuestros deseos pueden imponerse y que vivir con otros exige construir y respetar acuerdos.
Sin embargo, esos espacios han perdido fuerza. Las familias tienen menos tiempo para convivir, las escuelas enfrentan dificultades para ejercer autoridad y la vida comunitaria ha sido sustituida por relaciones rápidas y mediadas por pantallas.
Somos una sociedad más informada y conectada, pero no necesariamente más preparada para reconocer que el fin no justifica todos los medios.
Hablar de valores no debería reducirse a la añoranza por otros tiempos. Es una discusión sobre la sociedad que estamos construyendo y las personas que estamos formando.
Cada generación recibe una sociedad, pero también entrega otra.
Antes de que todo se rompa, debemos entender que ningún país se sostiene sólo con leyes. Se sostiene con personas dispuestas a hacer lo correcto. Y hoy las necesitamos más que nunca.