Bad Bunny más allá de su música

Tamaulipas /

“Antes de agradecer a Dios, quiero decir: fuera ICE” fueron las palabras de Bad Bunny al recibir su Grammy. Después vinieron los aplausos, pero también la inconformidad inmediata e inevitable.

Fijar una postura y hacerlo sin rodeos siempre provoca eso: adhesiones y rechazos, y una conversación que rebasa el instante.

He seguido poco la carrera de Bad Bunny desde el plano musical, pero he admirado su manera de comunicar y de usar su voz por causas sociales, consciente del peso de su figura y de la congruencia que ha construido.

No habla por ocurrencia ni por moda; sabe cómo, cuándo y dónde comunicar, y sabe también cómo estar del lado de la gente, incluso cuando hacerlo implica incomodar y asumir riesgos.

Creo que está bien asesorado y sabe escuchar; quizá por eso ha logrado trascender más allá de ser un artista del momento. Hay una gran valentía en poner en juego el capital económico por las ideas, en asumir que tomar partido tiene un costo, pero también un sentido.

Tras sus declaraciones —más allá del tema de ICE— se reabre el debate sobre si los artistas, actores y cantantes deben o no opinar sobre política.

Para algunos, la respuesta es clara: el escenario es para entretener y cualquier pronunciamiento ideológico debería quedarse fuera del micrófono, bajo el argumento de que los artistas no saben nada del mundo real y que, en su mayoría, no han estudiado lo suficiente como para opinar sobre política o asuntos públicos.

¿De verdad alguien deja de ser ciudadano por subirse a un escenario? ¿Pierde el derecho a opinar quien llena estadios o aparece en una pantalla? Para algunos pareciera que sí.

Se les pide la voz y el talento para entretener, pero no para incomodar. Se olvida que también pagan impuestos, que también votan y que también viven los efectos de las decisiones públicas.

He conocido personas dedicadas a la política que no solo opinan, sino que toman decisiones, sabiendo menos que muchos de los artistas a los que se les exige callar.

Y también he conocido a quienes, teniendo el conocimiento, prefieren callar por conveniencia.

Prefiero una postura clara, a un silencio cómodo y complice. Bienvenidas las posturas políticas y el entendimiento de que quienes las expresan son personas y también pueden equivocarse. Al final, la verdadera madurez democrática no está en callar al otro, sino en aprender a disentir.


  • Saúl Barrientos
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