El clima para el campo mexicano, al menos en el caso del maíz, se perfila claramente complicado. No es una percepción aislada ni un ánimo pesimista: es la lectura que dejan los números y el comportamiento reciente del mercado.
La combinación de factores internos y externos está configurando un entorno adverso que, una vez más, coloca al productor en una posición de alta vulnerabilidad.
De acuerdo con información del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, el mercado muestra señales claras de presión a la baja y con márgenes cada vez más estrechos.
Los datos son contundentes. Durante 2025, las importaciones de maíz crecieron 4.2%, pero el foco rojo está en el maíz blanco: su ingreso al país se disparó 313%. En total, las compras externas sumaron 24.76 millones de toneladas métricas, superando incluso las expectativas. Estos volúmenes no son neutros; tienen un impacto directo en el mercado interno y en la rentabilidad del productor nacional.
Hoy el problema ya no es solo de expectativas o de precios futuros. El problema está en los inventarios físicos. En Chihuahua hay más de un millón de toneladas de maíz amarillo sin colocar. En el Bajío, los inventarios de maíz blanco superan las 600 mil toneladas. Esta acumulación presiona precios, frena la comercialización y obliga a vender en condiciones que muchas veces no cubren ni los costos.
Para el ciclo Otoño–Invierno 2024/25 el escenario no mejora. En Sinaloa siguen sin venderse unas 100 mil toneladas, pero la mayor preocupación está en las casi 4.7 millones de toneladas que están por llegar a un mercado que hoy ya opera con precios sumamente bajos.
En el ámbito internacional, el contexto tampoco ayuda. Las exportaciones de Estados Unidos aumentaron 31% y se proyecta un récord de 81.28 millones de toneladas para 2025/26. En los mercados de futuros se refleja esta sobreoferta: tras un breve repunte de 1.2%, los precios cayeron 5.5% ante el aumento de la producción global estimada.
El balance es claro: inventarios elevados a nivel internacional y nacional, precios a la baja y una rentabilidad cada vez más comprometida. Sin una política agropecuaria que entre de lleno al tema de la comercialización y defienda el ingreso del productor, el panorama seguirá siendo adverso.
Cuando el maíz deja de generar ingresos justos, el costo ya no es del productor: es del país.