La industria del tiempo

Tamaulipas /
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Durante años nos preocupó que millones de niños mexicanos se quedaran fuera de internet.

Hoy el problema comienza a ser distinto.

En México, 85.4% de las niñas y los niños de entre 6 y 14 años utiliza internet. Hace una década era 63.3%. Pasamos de discutir cómo conectarlos a preguntarnos qué ocurre una vez conectados.

La pregunta llega en un momento especialmente relevante.

Esta semana comenzó en California uno de los juicios más importantes que ha enfrentado Meta, dueña de Facebook e Instagram. Una coalición de 29 estados acusa a la empresa de diseñar sus plataformas para mantener a niños y adolescentes conectados durante más tiempo y minimizar los riesgos.

Cuestionan funciones que hoy parecen normales: el desplazamiento infinito, que ofrece un video tras otro sin necesidad de buscarlos; los “me gusta”, los algoritmos de recomendación y otros mecanismos creados para retener nuestra atención.

El señalamiento de fondo no está sólo en el contenido, sino en el diseño de las plataformas. Y la dimensión del litigio no es menor: los estados reclaman alrededor de 200 mil millones de dólares.

Meta rechaza las acusaciones y asegura haber desarrollado medidas para proteger a los menores.

Independientemente del resultado, el juicio abre una discusión que México también tendrá que enfrentar.

Durante mucho tiempo tratamos internet como un problema de infraestructura: ampliar cobertura, conectar escuelas y reducir la brecha digital.

Eso sigue siendo necesario, pero conectar a un niño no significa prepararlo para el mundo digital.

Detrás de una pantalla hay empresas que compiten por algo extraordinariamente valioso: nuestra atención.

Cada minuto adicional representa más contenido consumido, más información sobre nuestras preferencias y más oportunidades para mostrar publicidad.

Ahí aparece el verdadero reto: qué tan preparada está una familia para convivir con plataformas diseñadas para mantenernos conectados.

La respuesta no es prohibir internet, sino aprender a usarlo mejor; eso exige criterio, acompañamiento y límites.

Porque los padres difícilmente enfrentan solos esa competencia: detrás de cada teléfono hay ingenieros, diseñadores y algoritmos trabajando para conseguir más tiempo de nuestra atención.

Y los niños entran cada vez más temprano en ese juego.

Hace diez años el reto era que pudieran entrar a internet; hoy también es enseñarles a salir de él.


  • Saúl Barrientos
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