Que lo sano no sea un lujo

Tamaulipas /

En los últimos años, el crecimiento del sector orgánico -en México y en el mundo- se ha convertido en un síntoma claro de algo más profundo: una mayor conciencia sobre lo que comemos, cómo se produce y qué impacto tiene en nuestra salud y en el medio ambiente.

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿por qué sigue siendo un privilegio? La producción orgánica ofrece beneficios evidentes, desde la conservación del suelo y la biodiversidad, hasta la reducción del uso de agroquímicos que dañan ecosistemas y afectan la salud humana.

Son beneficios tan claros que incluso las grandes empresas que históricamente han dominado el mercado de los insumos químicos han incorporado lo biológico a su estrategia. No es casualidad. Hay una demanda social creciente por sistemas productivos más responsables y por alimentos que no carguen, desde su origen, con riesgos innecesarios.

Consumir alimentos con menor carga de pesticidas u otros químicos no es una moda; es una decisión que incide directamente en la prevención de enfermedades y en la calidad de vida.

En un contexto donde padecimientos crónicos y casos de cáncer han ido en aumento, la alimentación empieza a entenderse no solo como consumo, sino como una primera línea de cuidado de la salud. Hay que decirlo: comer mejor no debería ser una realidad para unos cuantos, sino una condición básica para todos.

Hoy, los productos orgánicos suelen llegar a los anaqueles como bienes premium, alejados de la canasta básica y fuera del alcance de millones de familias.

Se requiere fortalecer las políticas públicas para que el conocimiento, los bioinsumos y las certificaciones orgánicas sean accesibles para productores de menor escala y, en consecuencia, para más consumidores.

México tiene un enorme potencial para expandir su producción orgánica, pero ello no puede verse únicamente desde la lógica de la exportación, sino también como una estrategia para fortalecer el mercado interno, mejorar la salud pública y democratizar el acceso a alimentos más sanos.

Urge reducir las barreras de entrada y generar condiciones que acerquen alimentos sanos a más mesas.

Porque al final, la discusión no es técnica, es ética. Que comer sano sea un privilegio y no lo normal dice más de nuestro sistema alimentario que cualquier etiqueta.


  • Saúl Barrientos
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