Especialmente en el campo de temporal, el cielo no es paisaje: es calendario, esperanza y riesgo. El problema es que ya no se comporta como antes.
Hace unos meses parecía que México había dejado atrás uno de sus peores ciclos de sequía. En enero, sólo 7.4% del territorio registraba sequía de moderada a excepcional y, durante el primer semestre de 2026, las lluvias estuvieron 7.9% por encima del promedio.
Parecía una tregua.
Pero el clima volvió a cambiar el guion. En la primera mitad de julio llovió 8.7% menos de lo habitual y, para el 15 de agosto, 22.5% del país estaba anormalmente seco.
Las señales aparecen de un extremo al otro del país. En Sonora y Tamaulipas, la irregularidad de las lluvias obliga a ajustar cultivos y siembras. Y en Guerrero, Quintana Roo y Chiapas, donde parecería difícil hablar de falta de agua, la sequía golpea con una intensidad atípica.
En otras regiones ocurre lo contrario: lluvias intensas, inundaciones y granizadas dañan cosechas.
En unas partes falta agua; en otras sobra. Unos productores esperan que llueva y otros, que deje de llover.
Y quizá lo más importante está por venir.
El Niño ya está instalado en el Pacífico y se fortalece. Es un fenómeno natural que ocurre cuando una parte del océano se calienta más de lo normal y termina alterando las lluvias y las temperaturas en distintas regiones del mundo.
Existe una probabilidad superior a 90% de que alcance una intensidad ‘muy fuerte’ entre finales de 2026 y principios de 2027. De ahí que se hable de un “súper Niño”; no es un término científico, pero ayuda a dimensionar lo que podría venir.
Sus efectos tampoco serán iguales en México: puede reducir las lluvias en unas regiones y llevarlas en exceso a otras. En un mismo ciclo agrícola podemos pasar de sequía a lluvias torrenciales e inundaciones.
El reto es que la información llegue a tiempo y se convierta en decisiones. Al productor no le sirve entender el fenómeno cuando la cosecha ya se perdió. Necesita saber qué puede ocurrir y cómo prepararse.
El clima está cambiando y urge convertir los pronósticos en decisiones para el campo.
No podemos decidir cuándo lloverá ni cuánto. Pero sí prepararnos mejor.
Porque quizá eso sea hoy un mundo raro: un campo que sigue mirando al cielo, mientras el cielo dejó de respetar el calendario.