El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial de Davos pasará a la historia. Expuso con crudeza la nueva realidad: el orden internacional basado en reglas ya no estructura la política global. No está en pausa ni en transición, está roto. Asumirlo es el punto de partida para entender el nuevo escenario mundial.
Carney partió de una constatación incómoda. Durante décadas, la mayoría de los países vivieron dentro de una mentira útil. Sabían que las reglas se aplicaban de forma selectiva, que el derecho internacional era asimétrico y que el libre comercio no era tan libre, pero aceptaron el ritual porque el sistema ofrecía estabilidad, crecimiento y previsibilidad. Esa ficción dejó de funcionar cuando la retórica de la fuerza se impuso en acciones: aranceles, sanciones financieras, control de cadenas de suministro y coerción tecnológica.
El resultado es un mundo más fragmentado. Ante el debilitamiento de las instituciones multilaterales, la reacción instintiva es la búsqueda de autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos o finanzas. Carney advierte, sin embargo, que un mundo de muros será “más pobre, más frágil y menos sostenible”.
Frente a ello, Canadá propone lo que denomina un “realismo basado en valores”: ser a la vez “principistas y pragmáticos”. Esto implica reconocer que hoy manda la lógica del poder, sin abandonar principios como la soberanía, la integridad territorial o los derechos humanos. El dilema no es adaptarse o no, sino cómo hacerlo. Competir entre sí por el favor de los hegemones conduce a la subordinación. La alternativa es actuar juntos, construir coaliciones flexibles y compartir los costos de la resiliencia. La advertencia es clara: cuando se negocia bilateralmente con un hegemón, se negocia desde la debilidad.
Este diagnóstico interpela directamente a México. La renegociación del T-MEC ocurre en un contexto donde el libre comercio dejó de existir. Más que un acuerdo de integración económica basado en reglas previsibles, lo que se perfila es un arreglo arancelario administrado, sujeto a excepciones, salvaguardas y decisiones políticas discrecionales. Es posible que México quede en una posición relativamente más ventajosa que otros países, pero ello no elimina la vulnerabilidad de fondo.
El problema es político antes que comercial. Cuando el acceso al mercado depende de la coyuntura, del humor del gobierno en turno o de consideraciones de seguridad nacional, la certidumbre desaparece. El tratado deja de ser un blindaje jurídico y se convierte en una concesión revocable.
La lección de Davos dejó en claro que la nostalgia no es una estrategia. Vivimos ya en un mundo sin libre comercio y con reglas debilitadas. Tenemos, como sugiere Carney, que reconocer lo que está ocurriendo para poder actuar con determinación en consecuencia.