Del vergonzoso episodio en Culiacán, sería interesante evaluar el nivel de aceptación popular hacia el Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, quien asumió casi por completo la responsabilidad de la lamentable demostración de debilidad y torpeza de su gobierno en la lucha (que él niega) contra el narcotráfico.
Es definitivamente de pena ajena la situación del primer mandatario. Venía de ser la comidilla por sus hilarantes recomendaciones de combatir el crimen a punta de “fuchi-guácala” y de acusaciones ante las abuelitas de los delincuentes, cuando le estalló en la cara la triste realidad de su nula estrategia para cumplir con una obligación constitucional: brindar seguridad a los ciudadanos mexicanos.
Pero si ya era indignante el hecho de renunciar a su obligación al dejar escapar a un peligroso delincuente en Sinaloa, casi escoltándolo a cambio de nada, a la figura presidencial la terminó de hundir la serie de pretextos absurdos con los que durante varios días posteriores intentó justificar su proceder.
Todavía ayer, en Oaxaca, aseguraba que su filosofía “es la paz y la tranquilidad, no la discordia, no el odio, no la violencia; la hermandad, el amor al prójimo es la doctrina de este gobierno”. ¿Qué dirán los familiares de las víctimas que han caído en manos de criminales que los secuestran, los asesinan, los torturan para extorsionarlos, incluso para conseguir unos cuantos pesos? ¿Qué dirán los parientes de los adolescentes, hombres y mujeres, que mueren cada día envenenados por las drogas?
Pero cada día queda más claro que, si sus datos no coinciden con la realidad, pues peor para la realidad. Dice el presidente “no nos importa que los conservadores, los autoritarios, quieran que se gobierne de otra manera”. Pues a riesgo de parecer autoritario o conservador, mi humilde sugerencia es que cumpla con el trabajo para el cual fue electo, incluyendo el de comandante supremo de las fuerzas armadas.
Encima, para completar el oprobioso e indeleble capítulo de nuestra patria, un coro de rastreros se lanzaron a respaldar públicamente “la estrategia del señor presidente”. Nunca explicaron cuál, pero actores políticos, instituciones y partidos se tendieron cual largos eran. La posición más digna habría sido, al menos, reprochar con silencio los disparates federales que tienen indignados a los mexicanos, y particularmente a los miles que integran el Ejército, pues todo indica que ellos fueron lanzados al vacío sin la menor protección.
No lo dude: la historia, a mediano plazo, hará un implacable juicio.