Democracia más allá de las urnas

Ciudad de México /

Más de cuatro de cada cinco personas en América Latina y el Caribe viven hoy bajo gobiernos elegidos mediante el voto, lo que consolida a la región como la más democrática del mundo en desarrollo, superando a Europa Oriental y Asia Central, Asia-Pacífico, África Septentrional y África Subsahariana. Sin embargo, estas democracias conviven con desafíos estructurales como las desigualdades y la violencia, generando la gran paradoja: 64 por cierto de la población latinoamericana está insatisfecha con el funcionamiento de su sistema político y siete de cada diez personas consideran que se gobierna para unos pocos. Estos datos nos muestran que la democracia va más allá de las urnas y que la ciudadanía no sólo quiere votar; también quiere vivir mejor, con seguridad y con más oportunidades.

Entre las presiones que alteran la forma en la que se ejerce el poder está el impacto del crimen. J. Ríos


Estos hallazgos forman parte del reciente Informe Regional sobre Democracia y Desarrollo 2026 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), titulado “Democracias bajo presión. Reimaginar los futuros de la democracia y el desarrollo en América Latina y el Caribe”. El documento advierte sobre una presión cada vez mayor sobre la democracia. Plantea que el desafío consiste en asegurar que esta presión no conduzca al autoritarismo, sino a ser utilizada como el motor necesario para repensar nuestras instituciones y transformarlas, de la mano con y en escucha de la ciudadanía, para romper las brechas de desigualdad y generar una prosperidad sostenible.

Para lograr esta transformación, el informe invita a mirar la gobernanza como un triángulo inseparable compuesto por la democracia, el desarrollo humano y el Estado. Cuando uno de esos pilares se debilita, el sistema entero se resiente. En la realidad actual, este triángulo debe resistir presiones emergentes que están alterando la forma en que se ejerce el poder: la polarización tóxica, el impacto del crimen organizado, el uso insuficientemente regulado de la inteligencia artificial y la desinformación en las redes sociales, la movilidad humana y la triple crisis planetaria (cambio climático, pérdida de la biodiversidad y contaminación).

En el caso de México, enfrentar estas presiones requiere un esfuerzo de renovación que incluya a gobiernos de todos los niveles, sector privado, academia y sociedad civil. Fortalecer la democracia exige proteger el ecosistema informativo para que el debate público se dé sobre una base de hechos reales y no de polarización ni de comunicación tóxica. También es vital reconstruir la representatividad para que todas las voces, especialmente las de las mujeres, juventudes y poblaciones históricamente marginadas, como los pueblos y comunidades indígenas y población afromexicana, tengan un asiento en la toma de decisiones.

Con este fin, el PNUD en México colabora estrechamente con distintos sectores. Trabaja con el gobierno federal para que las políticas públicas pongan a las personas en el centro y generen resultados tangibles. Junto al Instituto Nacional Electoral (INE), impulsamos a través de organizaciones de la sociedad civil, iniciativas para ampliar la participación ciudadana, fortalecer la educación cívica y la inclusión. Esto ha contribuido a que mujeres, niñeces y juventudes prevengan la violencia política en razón de género, impulsen el liderazgo de las mujeres y fomenten la educación cívica en sus comunidades. Asimismo, con el estado de Zacatecas implementamos una estrategia para combatir la desinformación (infodemia) y fomentar una cultura de información responsable sobre seguridad. A través de redes de mujeres y jóvenes constructoras de paz, trabajamos para fortalecer el tejido social y la confianza ciudadana. 

El objetivo del PNUD es acompañar al Estado—entendido como la unión de todos los sectores— para anticipar riesgos, gestionar la incertidumbre y responder mejor a los desafíos del futuro. El Estado debe ser la “bisagra” que convierta las demandas ciudadanas en resultados tangibles. Sin duda, colocar a las personas en el centro, fortalecer las capacidades del Estado y construir instituciones más cercanas, más confiables y eficaces es el camino para una democracia que no solo resista la presión, sino que sea el motor definitivo del desarrollo humano. 


  • Silvia Morimoto
  • Representante del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en México (PNUD)
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