Cafetería Apolo I

Ciudad de México /

“La encontramos escondida una mañana en una esquina muy solitaria” —no existían los animales de piedra del parque— “nos enamoramos de ella y en ella”, dijo mi madre. En las mesas las personas reían sin sospechar que el polvo de un 19 de septiembre de 1985 sepultaría el presente. No existe canción urbana que arrulle el polvo de muerte de los sismos, recurro a Cities in Dust de Siouxie and The Banshees, suena en mis audífonos mientras recorro avenida Noé en la colonia Guadalupe Tepeyac para entender que mi ciudad yace bajo el polvo. No caeré en clichés de “lugares suspendidos en el tiempo”. El tiempo es un asesino que mete una navaja a las entrañas de tus recuerdos. Lo que conocí en mi infancia ha muerto, excepto: la mesera que me atendía desde niña, el mantecado de pistache de sabor intacto. Todo transmuta, la malteada de fresa, el flotante de limón, saben mejor. La hamburguesa aquí es deliciosa, simple, extraño pedir una con papas fritas, sumergirlas poco a poco en la catsup; he vuelto al veganismo tras vomitar una madrugada las carnitas que compraron para comer después del funeral de mi prima Osita. Las rejas empezaron en la iglesia de Corpus para impedir que en su portal y escaleras se cobijaran del sol, lluvia y frío, los perros y gatos callejeros, los sin techo. Me repugnan los/las que hablan de amor compasivo sin practicarlo ni conocerlo. En la iglesia de Santiago Tlatelolco tampoco les abrieron a los estudiantes rojos. La gentrificación/destrucción de esta hermosa colonia ha sido lenta. Cafetería Apolo fue la única durante mucho tiempo en la colonia, aquí hace unos meses fabricamos un affogato atascado, tres bolas de vainilla y café, Óscar Pereyra & yo, me entero que su film El frío de Alaska protagonizado por Alberto Estrella ha sido seleccionado para un apoyo de Focine. Apolo no IMITA una época a diferencia de otros diners en la ciudad que son escenografías maltrechas, Cafetería Apolo ES y pertenece a una época, joya. Su puerta y enormes ventanales de cristal nos recuerdan que antes los cristalazos no existían, no recuerdo las cortinas de hierro que hoy al bajarlas lo protegen.

El hijo de los dueños es amable e inteligente, gracias a él permanece como un lugar para poder hablar sin interrupciones, entiende a su clientela, la respeta. Muchos lugares han caído en desgracia por abrir sus puertas a eventos escenosos y huecos. El rosa pálido de Cafetería Apolo con el vino intenso de sus sillas de cuero contrasta con las mesas blancas, la barra con espejo que grita: “Fresas con crema”, sillones giratorios de metal con asientos de cuero color verde. Me asfixio en los recuerdos. Prizzi, una hermosa gata gris se fue a las estrellas. Cierro los ojos, el parque con sus animales de piedra pintados de colores miran a los niños correr, jugar a las escondidillas… los columpios mecen las mañanas apacibles de una ciudad renacida tras el sismo. Las infames rejas del horrendo parque de Corpus Christi me escupen en la cara. _

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)


  • Susana Iglesias
  • Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)
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