Los dientes rotos, el oscuro misterio de su voz, silencio de una vida destrozada retumbando. No había crack, sólo el sonido lejano de discos de coleccionistas viejos y otros demasiado jóvenes, rebuscando en las cajas algo que sonara mejor que su ordinaria vida. Labios hundidos señaló una fotografía rota en la que lucía como el James Dean de la trompeta con la mitad de un hombre de ojo perdido, ese que sueña heroína, después señaló un hueco: “ahí estoy con Chet Baker”, perder el registro para un músico es perderlo todo. La luna era la noche reclinada en un halo de luz en una banca de La Ciudadela que sin pedir permiso rompe el oscuro misterio de terciopelo roto de un contralto nacido del subsuelo de los túneles del Metro Balderas. Silencio roto. Rumor de huesos sin piel contra metal, respiración del hombre que aprendió a cantar desde el vacío de la asfixia. Tuve los dientes rotos, no por una golpiza, fue el hambre de los años que no volverán. La Juárez fue un archipiélago de pianos desafinados en majestuosos apartamentos. En Humboldt, donde hoy venden hamburguesas y vinos de lejanas penínsulas existieron bares como El Valiant, jazz en la madrugada. Fue rey en el Vizcaya, el tabernero siempre fue viejo y agreste, después tuvo que pedir permiso para entrar. En fondas travestidas que eran bares como El Consorcio se escondía. Una noche caminando por Enrico Martínez, un díler acompañado de un enano que cargaba un diminuto perro y llevaba una navaja en los dientes le cerró el paso e hizo el trabajo sucio, la mandíbula del trompetista fue la escultura más siniestra del enano. La sangre hizo su espectáculo, el olvido también. En los bares de jazz que ya no existen lo olvidaron, con orgullo introducía un pedazo de cerámica envuelto en una gasa para poder tocar. La música no era un espectáculo, era la grieta en el asfalto, salía de las buhardillas, de cuartos de azotea donde un baterista enloquecido de hambre practicaba rudimentos sobre un viejo colchón. Ciudadela, escenario de músicos sin contratos y coleccionistas del vértigo de la armonía disonante de la vida. Artesanos que venden baratijas a turistas con sombreros fake de mariachi. Prostitutos fuman en bancas que fueron de poetas. El jazz se toca con lo más fallido. Chet murió intentando volar o besar el pavimento. Silencios y sangre de sus encías sobre la noche de este rectángulo de tierra. Sin dientes, con la boca llena de ciudades, temblor de siestas de opio, la madrugada de Morelos: abismo del ritmo. Papel de fotografía que huele a vinilo con saliva seca de coleccionistas que pasan las horas como dedos en las cuerdas de contrabajos ausentes. Fotografía rota, cicatriz de afilada mandíbula y un ojo perdido se asoman como fantasmas, “venía de NYC golpeado, intentaron robar su aliento… le presté esta boquilla, mire”. Señaló un hueco. No era una ausencia cualquiera, no había boquilla, sólo el hueco, él y Chet Baker abrazados en la eternidad de la noche.
Él y Chet Baker no tenían dientes
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Susana Iglesias
Ciudad de México /
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