La Dominica

Ciudad de México /

¡Qué nos suelten las riendas!, gritó David hace unos ayeres, músico local de este paraíso, el último lugar de su especie en la calle de Belisario Domínguez, también se puede entrar a esta cantina magnífica por República de Chile. Aquella tarde arrancó con una canción de Lola Beltrán, Soy infeliz, cantante, mujer rebelde de voz inigualable que, por cierto, pisó Bellas Artes antes que mi amado Juan Gabriel, tan de moda últimamente. David fue zapatero a edad temprana, trabajo y esfuerzo reflejados en sus manos. Frente al inicio de Belisario Dominguez aún está entre tinieblas de olvido el Teatro Blanquita, no sabemos qué planes tienen para él, es demasiado triste, su peso histórico es brutal, grandes noches y artistas. A una calle del Blanquita estaba el Salón México, en la esquina con 2 de abril y Eje Central, abrió sus 3 pistas de baile llamadas: Cielo, Infierno, Purgatorio, en abril de 1920, desapareció en los años noventas, lo reubicaron cerca de Pensador Mexicano, no sobrevivió. En el fuego descansan las enormes ollas de metal que hierven el mole de olla, el adobo en el que tiernos trozos de cerdo con papas bailan alegremente antes de que la cuchara los sirva en el plato. La paella goza tibia en su cuna de metal sobre la barra. Frijoles charros en su punto, humeando. En la sartén con aceite hirviendo crujen quesadillas de papa, el olor a chile ancho, cascabel y morita se pone muy bravo, nos pica la nariz mientras las risas de los hombres que están acodados en la barra chocan cervezas, rones, vodkas tónic, piedras y ginebras con el júbilo del que sabe que hoy comerá delicioso. Aquí no son “cuenta chiles” con la comida ni el trago, todo plato y vaso es generoso, rebosa, desde las tortas de milanesa o pierna, el pollo con mole almendrado hasta la cuba con ese aire de José-José, desbordante, estridente. Manos divinas de estas mujeres que en su cocina conjuran día a día para alimentarnos a todas las personas que cruzamos las puertas de madera. La cantina, espacio irremplazable, pobres personas que piensan que sólo es borrachera. Las cantinas clásicas son cofradías… comunidades solidarias, familia.

Alimentan a quien no tiene estufa en su vida callejera o en su habitación de hotel, cuartos de pensión. Mi finado amigo Richard —que vivía muy cerca de la calle de Órgano—, experto tarotista que se ganaba la vida aquí y en otras cantinas de esta zona decía que La Dominica abrió en 1916, que su bisabuelo iba, fue un convento y la casa de un virrey. El techo de madera tallada es impresionante. Lo que afirma el señor Jorge —encargado de este templo desde hace más de 30 años— es que abrieron en 1917. La Dominica tiene un servicio muy amigable, el señor Carlos Andrade se encarga de servir con precisión las mesas. No sé si la botana es mejor en jueves o en viernes, que es cuando hay chamorro… los sábados tampoco se quedan atrás. Tiene mucho tiempo que no veo a Miguel, otro músico que toca aquí. Se murió el infame 2025, qué bueno, celebro.


  • Susana Iglesias
  • Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)
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