El Festival de Cine de Sundance 2026: CDMX llega a su tercera edición con una apuesta clara: acercar al público mexicano un cine independiente que no sólo busca emocionar, sino abrir conversaciones políticas. Su programación reúne 15 largometrajes y seis cortometrajes provenientes del Sundance estadounidense, con historias que cruzan identidad, desigualdad, migración, memoria y conflictos contemporáneos. En México, eso importa porque el cine no se mira desde el vacío: se mira desde una ciudad acostumbrada a que la política también ocurra en la calle.
Una de las películas más significativas de esta edición es Everybody to Kenmure Street, de Felipe Bustos Sierra, ganadora del World Cinema Documentary Special Jury Award for Civil Resistance. El documental reconstruye una protesta real ocurrida en Glasgow en 2021, cuando una redada del Home Office británico intentó detener y deportar a dos vecinos en Pollokshields, uno de los barrios más diversos de Escocia. Cientos de residentes salieron a la calle para impedirlo.
Pero la película no debe leerse sólo como una historia de “buenos vecinos”. Su fuerza está en mostrar cómo una comunidad común se convierte en sujeto político cuando entiende que la injusticia no siempre llega con apariencia espectacular. A veces llega como operativo, como trámite, como camioneta, como expediente. En entrevista, Bustos Sierra explica que en Reino Unido existía un “hostile environment”, un “ambiente hostil”, donde cualquier persona con estatus migratorio incierto podía volverse objetivo del Estado. Esa idea permite entender que la violencia migratoria no empieza con la deportación: empieza cuando vivir se vuelve demostrar todo el tiempo que uno tiene derecho a estar.
Ese punto dialoga con México de manera directa. En los últimos años, la deportación desde Estados Unidos ha obligado a miles de mexicanos a regresar a un país que quizá ya no reconocen como hogar cotidiano. En 2025 hubo alrededor de 160 mil deportaciones de migrantes mexicanos, según BBVA Research; y la estrategia mexicana México te Abraza busca atender a personas repatriadas con servicios de recepción, documentación, salud y reintegración. Sin embargo, ninguna política pública resuelve por sí sola la dimensión humana de una expulsión: la familia partida, la vida interrumpida, la sensación de volver como extraño.
Ahí la comparación con la Ciudad de México se vuelve más amplia. CDMX es una ciudad donde las protestas no son anomalía, sino lenguaje político. El Zócalo, Reforma, las embajadas, las fiscalías y las avenidas bloqueadas funcionan como escenarios donde grupos feministas, estudiantes, sindicatos, madres buscadoras, colectivos migrantes y defensores de derechos humanos hacen visible lo que el poder preferiría procesar en silencio. Glasgow y CDMX se encuentran en esa intuición: cuando la institución no escucha, la calle produce presencia.
Bustos Sierra dice en la entrevista algo muy sugerente: para algunas personas, “la camioneta fue casi una excusa para salir a protestar”. La frase no minimiza la gravedad de la redada; al contrario, revela que había un malestar acumulado. La camioneta concentró una rabia previa contra el racismo, la vigilancia y la política migratoria. Algo similar ocurre en muchas protestas mexicanas: una marcha puede empezar por un caso concreto, pero en realidad expresa años de cansancio social.
El director también habla de la solidaridad como una práctica que implica “diferentes sacrificios”. Esa idea es útil porque evita romantizar el activismo. No todos resisten de la misma manera. Alguien marcha, alguien graba, alguien traduce, alguien acompaña a un deportado, alguien ofrece comida, alguien cuida a los niños, alguien presta su casa, alguien escribe. La política no siempre empieza con una gran consigna; a veces empieza con una tarea pequeña sostenida por muchas manos.
Por eso Everybody to Kenmure Street funciona tan bien dentro de Sundance CDMX. El festival permite que una historia escocesa se vuelva espejo latinoamericano: migración, deportación, protesta, comunidad y disputa por el derecho a permanecer. En una región marcada por crisis migratorias, violencia, desigualdad y nuevas formas de autoritarismo estadounidense, Sundance no sólo exhibe cine independiente; activa una conversación sobre los retos políticos contemporáneos de México y América Latina.
La importancia del festival está justamente ahí: en recordarnos que la pantalla también puede ser un espacio de conciencia pública. Y que, frente a la burocracia que expulsa personas, el cine todavía puede hacer algo políticamente decisivo: devolverles rostro, historia y comunidad.