Nada feliz resultó construir una ciclovía en el Boulevard a Tlaquepaque, ahora llamado 'Marcelino García Barragán' gracias a que un político encumbrado en su tiempo, decidió borrar de un plumazo el nombre legítimo del camino que une a San Pedro Tlaquepaque con la capital de Jalisco, sólo para perpetuar su gratitud a un personaje al que nadie podrá sacar de uno de los episodios más negros y rojos de la represión contemporánea: la de la masacre de Tlatelolco de 1968, en la que quien en ese momento era Secretario de la Defensa Nacional usó al Ejército Federal -como en los buenos tiempos del callismo-, a repeler de forma brutal una manifestación pública de repudio al orden social vigente.
Empero, destruir lo apenas hecho sería una tacha más a la sucesión de absurdas obras públicas de vida efímera, que a costa de muchos millones de pesos se siembran en la fisonomía citadina para descrédito de sus promotores.
La necesidad de frenar el uso del automóvil con otras opciones de desplazamiento mucho más que una moda pasajera, es un grito a favor de la calidad de vida en una ciudad que hace 70 años le inmoló a ese medio de transporte la habitabilidad de su núcleo urbano primigenio y de lo mejor de su patrimonio edificado.
A nadie escalda ahora, menos entre las generaciones jóvenes, la posibilidad de que los tapatíos reciban con orgullo el adjetivo bicicleteros, aunque para conseguir tal hazaña no resulta feliz imponer las ciclovías cuando están parcialmente clausuradas muchas arterias principales por causas justas y temporales.
Todo eso es lo que refleja la peculiar consulta ciudadana que tuvo lugar este domingo 9 de julio en la zona especialmente afectada y que recogió el sentir de personas de todas las edades, en un ejercicio cívico aunque no exento de curiosidades, como la participación de los infantes en tal consulta.
No hubiera sido descabellado, aprovechando la ocasión, que se planteara la posibilidad de restituir su nombre legítimo a la aludida arteria, que siempre se llamó Camino a San Pedro o más acá Boulevard a Tlaquepaque (en la nomenclatura de las calles de la zona metropolitana sólo hay una arteria mínima que se llama Tlaquepaque).
Y no necesita uno buscar argumentos especiosos para medir las consecuencias de una decisión, dijimos, impulsada no por el reconocimiento público sino por un gesto de complacencia muy de su época, con secuelas que la posteridad no agradece, según se echa de ver en la escultura de García Barragán clavada a chaleco en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, y a la hay que limpiar cada año de la pintura roja que le lanzan los memoriosos del 2 de octubre.
Si una estrategia nacionalista en los siglos XIX y XX consistió en despojar a las calles de sus nombres primitivos para imponerles los de sus caudillos -por sanguinarios que hubieran sido-, la caducidad de esta pose ideológica llegó hace mucho. Ojalá pronto el Boulevard a Tlaquepaque recupere su nombre genuino.