México se pinta solo para recibir, festejar y apapachar. Qué imágenes y energía se vivieron en el Estadio Ciudad de México, esa estructura que se impone y que repleta en su mayoría de mexicanos le pone la piel chinita a cualquiera. Yo no estuve físicamente ahí, pero puedo asegurar que ahí estuve. Escuchar cantar el Himno Nacional, y sentir el orgullo y alegría de los asistentes es una experiencia única que pocos países transmiten.
Contrario a lo que se especulaba, hay que reconocer que todo salió como era lo deseado para una inauguración de la Copa del Mundo. La gente pudo llegar al estadio sin ningún contratiempo; caminó, como se espera en este tipo de eventos, entre tres y cinco kilómetros. El operativo de seguridad funcionó; se percibió en control y orden, ayudando a que todo fluyera como un gran país que recibe y lo hace bien.
México es un gran anfitrión. Sabe cómo acoger a los extranjeros. Los hace sentir en casa, los consiente y apapacha, como se le conoce al acto de “abrazar o acariciar con el alma”. Por esto y más somos el sexto país en el mundo en recibir turismo extranjero, aproximadamente 45 millones de personas al año y tenemos por segundo año consecutivo la mejor ciudad del mundo, San Miguel de Allende, según reconocidos premios. Los recursos naturales e históricos atraen, pero en el arte de ser anfitriones y festejar sobresalimos.
Solemos escuchar que en ningún otro lugar encuentras el servicio de México: “Ahoritita mismo se lo traigo” y a todos fácilmente los adoptamos con frases célebres que dicen mucho de nuestra cultura: “...hermano, ya eres mexicano”.
Un apapacho, ser buenos anfitriones, el aventar la casa por la ventana o hacer de mi casa tu casa, están arraigados en lo más hondo de nuestra cultura. La fiesta es parte de nuestra idiosincrasia y nos sentimos orgullosos de ello. Ya lo dijo Octavio Paz: “En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas de México”. Y el futbol es una de ellas.
Qué orgullo el haber sido sede de la inauguración del Mundial y hacerlo como lo hicimos; en ese tono de festividad, pasión y familiaridad. Qué dicha el poder compartir nuestra cultura con los extranjeros y que podamos apapachar a quien llegue y lo hagamos mexicano, en el acto.