Cuando era joven, dos hombres que amaba me contaron que habían sufrido abuso sexual en su infancia por otros hombres de su confianza. Eso los afectó para siempre; me consta porque los acompañé como pude en su dolor, aunque nunca fue suficiente. También hace años, una mujer que trabajaba conmigo me contó que tres hombres habían abusado de ella en un terreno baldío por su casa; yo no tenía las herramientas que ahora tengo para apoyarla emocionalmente, así que lo único que hicimos fue llorar juntas en la cocina. Tiempo después, dos amigas me confesaron cómo las habían violado en el interior de sus casas. Su resiliencia las salvó, pero el horror no para nunca.
He visto historias de celos que acaban en amenazas, ira, gritos y desencuentros incluso frente a niños y niñas, testigos indefensos de la situación. Un par de veces he detenido a novios que me querían violentar; como la espiral de dolor siguió, me fui.
A lo largo de mis casi 49 años he sufrido acosos de todo tipo; nunca han pasado a mayores porque desde que era niña he tenido rapidez para actuar y fuerza emocional para salir bien librada del peligro. Una vez me secuestraron en un taxi y el ladrón, como yo no llevaba más que 20 pesos, me pidió que le diera un beso “cuando menos”.
Todavía escucho, en mis largas caminatas, una serie de “piropos”, de miradas masculinas de esas que dan miedo, de frases que pretender ser “halagadoras”. Aún me tocan los enfiestados que se me abalanzan y no falta quien cree que por ser educadora sexual, le entro a todo. Así, la lista podría seguir en todas las dimensiones de mi vida.
Me gustan los hombres. Muchos me caen bien. Amo a unos cuantos. No los considero mis enemigos porque con ellos he aprendido cosas buenas. Estudio la filosofía Vedanta de India y mis maestros han sido hombres. Ellos me han enseñado a sobrevivir en este mundo de locos llenando mi ser de conciencia, claridad, compasión y bondad.
Creo en la unidad de género. En que caminemos juntos y juntas como si jamás se hubiera hecho una división. Quisiera que ellos supieran que la violencia la vivimos todas las mujeres de manera constante y sistemática. También niños de ambos sexos.
Necesitamos cambiar, TODOS. El gobierno, sí. Es su obligación defender los derechos humanos y brindarnos seguridad, pero también nosotr@s tenemos que hacer algo para revertir esta situación, porque únicamente quejándonos en las redes sociales no lograremos un cambio definitivo.
Lo que está sucediendo no es una guerra de sexos. Es algo mucho más profundo, más complejo, cada vez más estructurado, porque busca alcanzar (aunque sea dentro de unas décadas) una sociedad donde todas y todos vivamos en bienestar ejerciendo respeto y unidad de género. Les invito a unirse para alcanzar este cambio que muchas estamos exigiendo.
Apuntes sobre el 8 y el 9 de marzo
No hay razón para hacerse bolas con las acciones en torno al Día de la Mujer: para el domingo 8 de marzo, la Asamblea Feminista Justas y Organizadas convocó a una marcha en Ciudad de México que partirá a las 14 horas del Monumento a la Revolución hacia el Zócalo, con una parada en la Antimonumenta, frente al Palacio de Bellas Artes.
Ellas dieron el primer paso; ahora hay muchos colectivos que se están organizando tanto en la capital como en diversas ciudades del país. Cada uno a su manera, con sus objetivos, con sus tristezas y sus esperanzas. En algunos casos, se redactarán comunicados que expresen el sentir de las mujeres. Seguramente habrá polític@s. No faltarán los hombres que, con buena o mala intención, se quieran unir. Para mí, el que estén ahí, haciendo propaganda o tratando de desestabilizar, no es importante. Con ignorarlos será suficiente. Lo que sí me gustaría es que saliéramos a la calle muchas, muchísimas mujeres vestidas de morado, para caminar hombro a hombro, grito a grito, conformando una sola voz llena de dolor pero también de fuerza, creando propuestas reales, cosas que sirvan para detener la violencia de género.
Para el día siguiente, el lunes 9 de marzo, se planea lo contrario: que todas las mujeres que puedan, se esfumen. La idea es del colectivo veracruzano Brujas del Mar, conformado por diferentes mujeres que siguen diversas ideologías del feminismo, autofinanciadas, sin afiliación alguna. La acción se ha viralizado y varios se han colgado el milagrito, pero el asunto es claro: el origen no está en ningún partido político ni figura pública.
Espero que quienes tengan la posibilidad, el deseo y la libertad para hacerlo lo lleven a cabo. No se trata de volvernos mártires, sino de mostrar qué pasaría sin nosotras. No compren nada. Esfúmense. Quienes no puedan hacer el paro, vístanse de morado, vayan a su trabajo y no consuman más que lo necesario para transportarse. En ambos casos, escúchense a sí mismas, abrácense, reflexionen sobre todo esto.
Somos la mitad del planeta. Juntas, lograremos cambios importantes.
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