El calendario brincó, pero el país no siempre cae de pie.
Los primeros días del año tienen algo de puerta recién abierta y algo de eco viejo. Cambia el número, se renueva la esperanza, pero las inercias siguen ahí, sentadas en la sala, con los pies sobre la mesa.
¿Qué tanto se transforma realmente México cuando se mueve el calendario?, ¿Qué tanto Tamaulipas? y lo más importante, ¿Qué tanto uno mismo?
Enero llega con la ilusión intacta y debería iniciar también con un escepticismo ciudadano afilado.
Promesas que vuelven a empacarse como si fueran nuevas, discursos que se reciclan con fecha distinta, y una sociedad que —aunque ya sabe— sigue apostando.
Apuesta no por ingenuidad, sino porque rendirse también cansa y a estas alturas el país, Tamaulipas, ya conoce y sabe las dolencias y fallas de los gobiernos en el poder.
El 2026 entra sin pedir permiso.
No trae respuestas, trae preguntas. ¿Aprendimos algo?, ¿O solo sobrevivimos? y ¿Seguiremos aceptando explicaciones como si fueran propósitos de año nuevo: bien intencionados, pero incumplidos para febrero?.
Hay algo casi poético —y cruel— en este salto de año: la tentación de creer que ahora sí. Que ahora sí el bienestar para todos va a cambiar el panorama.
Siempre he sido un convencido que más allá de los partidos Morena, PAN, PRI y el resto de rémoras, el poder de generar cambios democráticos y verdaderos está en manos del ciudadano.
Y quizá el truco no esté en esperar que el poder despierte distinto, sino en no volver a dormirnos nosotros.
En Tamaulipas, el año también inicia con pendientes conocidos. Los mismos temas que se arrastran de diciembre a enero como si el cambio de fecha los absolviera.
La eterna problemática de movilidad y transporte en la zona sur, el tema hídrico, el abasto de agua que se avecina para los productores de la región fronteriza, la seguridad que se promete, las obras que se anuncian, se corrigen y se vuelven a anunciar.
Nadie se equivoca del todo, pero nadie responde por completo. El resultado es una ciudadanía que escucha, compara y guarda. No por rencor, sino por experiencia.
Brincamos el año, sí.
Pero lo verdaderamente disruptivo sería brincar la costumbre de olvidar.
Feliz 2026, Gracias a Dios.
Que la memoria nos agarre despiertos.