Hay estructuras políticas que presumen renovación, pero cuya naturaleza traiciona su origen. Se presentan como plataformas modernas de representación popular, reivindican la causa de los trabajadores y proclaman una férrea “autonomía y pluralidad”.
Sin embargo, en los hechos, operan mediante una simbiosis perfecta con el poder en turno: un intercambio pragmático de control territorial y movilización a cambio de cuotas de poder, alcaldías, regidurías, diputaciones y canonjías garantizadas.
Su modus operandi es inconfundible.
La dirigencia se desplaza por las entidades del país no para revisar contratos colectivos o condiciones laborales, sino para encabezar pasarelas políticas y tejer acuerdos con la clase gobernante.
Amagan sutilmente con escuchar a otras fuerzas si no se les asignan los espacios exigidos, mientras sus líderes ejercen una doble función: coordinadores de la estrategia oficialista en el Congreso por la mañana y procónsules sindicales por la tarde.
En la víspera de cada proceso electoral, la retórica del trabajo cede su lugar a la agencia de colocación.
La estructura se alista para disputar curules locales y federales con la consigna de que “los trabajadores no se quedarán al margen”.
El mensaje para el Palacio de Gobierno es transparente: la lealtad se sostiene, pero el costo de la factura se paga en las boletas.
Quien observe este despliegue en el país y en particular en Tamaulipas de hoy, juraría que se trata del retrato hablado de la Confederación Autónoma de Trabajadores y Empleados de México (CATEM) y de su dirigencia en la Cuarta Transformación.
La paradoja radica en que cada uno de estos trazos, cada vicio, cada amenaza velada y cada exigencia de cuotas no pertenecen a un diseño inédito del presente.
Son, punto por punto, el reflejo de la época dorada de la Confederación de Trabajadores de México, la CTM, uno de los pilares del viejo régimen priista, cuya fuerza se construyó también sobre la movilización obrera, la representación política y su cercanía con el poder.
La CTM no desapareció. Las siglas cambiaron de contexto y el discurso se adaptó al régimen en turno, pero la fórmula del sindicalismo corporativo sigue ahí: representación de trabajadores, movilización política y negociación de espacios de poder.
Las formas cambian. La relación con el poder, no tanto.