Después del eco

Tamaulipas /
Únete al canal de Milenio

Hay un momento en el que las tragedias dejan de pertenecer a quienes las padecen y comienzan a ser reclamadas por todos los demás.

Es entonces cuando aparecen las voces que exigen, las que condenan, las que prometen, las que encuentran respuestas inmediatas para preguntas que nunca formularon antes.

No es un fenómeno nuevo. Se repite con una puntualidad casi cruel.

Ocurre después de un accidente, de un desastre natural, de un hecho de violencia o de cualquier episodio que sacuda la conciencia colectiva.

De pronto, abundan los expertos, los fiscales improvisados, los indignados de ocasión y quienes descubren, de la noche a la mañana, una vocación preventiva que jamás ejercieron cuando todavía había tiempo.

La prevención rara vez ocupa titulares. Es silenciosa, rutinaria, incluso aburrida. Vive en las inspecciones que nadie fotografía, en las revisiones que no generan aplausos, en las decisiones administrativas que pasan inadvertidas.

Carece del dramatismo que tanto seduce a una sociedad acostumbrada a reaccionar cuando el daño ya está hecho.

Tal vez por eso resulta más sencillo levantar la voz después que hacerlo antes. Cuando el desenlace es irreversible, exigir responsabilidades encuentra un terreno fértil.

Lo difícil es preguntar, revisar, insistir y vigilar cuando todavía no existe una tragedia que justifique los reflectores.

Lo mismo ocurre con la conversación pública.

A veces pareciera que el dolor necesita convertirse en espectáculo para mantener nuestra atención.

Los días pasan y el foco permanece sobre el hecho, alimentado por declaraciones, publicaciones y opiniones que, en ocasiones, terminan desplazando a quienes verdaderamente importan.

La historia deja de ser la de las personas afectadas para convertirse en la de quienes buscan interpretar, explicar o capitalizar lo ocurrido.

No se trata de pedir silencio.

Una sociedad democrática necesita periodismo, necesita cuestionamientos y necesita autoridades que rindan cuentas. Pero también necesita memoria.

Memoria para recordar que la responsabilidad no comienza cuando aparecen las cámaras, sino mucho antes, cuando todavía existe la posibilidad de evitar que una tragedia ocurra.

Quizá esa sea la diferencia entre la convicción y la oportunidad.

La primera trabaja en silencio, aun cuando nadie la observa. La segunda suele aparecer cuando el eco del dolor ya ocupa todas las conversaciones.


  • Víctor Hugo Martínez

LAS MÁS VISTAS

Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite