El INE que ya no convence a todos

Tamaulipas /

Hay instituciones que no se caen de un día para otro. No hacen ruido, no se quiebran en público, no protagonizan escándalos evidentes. Simplemente comienzan a cambiar de forma, casi imperceptiblemente, hasta que un día ya no son lo que eran.

Eso es lo que empieza a ocurrir con el Instituto Nacional Electoral (INE).

No se trata de una ruptura abierta ni de una ilegalidad flagrante. Nadie ha dinamitado sus cimientos ni ha desaparecido sus reglas. Todo sigue en pie, al menos en apariencia.

Pero en política, como en la vida, no basta con ser; también hay que parecer.

Las recientes designaciones de consejeros, respaldadas por una mayoría legislativa afín a Morena, colocan perfiles que, más allá de su capacidad técnica, arrastran vínculos políticos evidentes. No es un delito. No viola ninguna norma. Pero sí modifica la percepción.

A eso se suma algo más delicado: las voces internas. Cuando un consejero advierte sobre decisiones unilaterales dentro del propio organismo, la señal no viene de la oposición ni del discurso público, sino desde el interior mismo del árbitro.

Y eso pesa distinto.

En paralelo, la integración de estructuras territoriales del instituto avanza bajo un esquema que, visto en conjunto con lo anterior, refuerza una idea incómoda: la de un control que no necesita imponerse, sino simplemente consolidarse.

Nada de esto, por separado, constituye una prueba definitiva. Pero el periodismo —y la política— no se construyen solo con hechos aislados, sino con patrones.

Y el patrón empieza a dibujar algo más profundo.

El problema no es que el árbitro deje de ser legal. El problema es que comienza a dejar de ser creíble. Y en un proceso electoral, la credibilidad no es un accesorio: es el cimiento.

Porque las elecciones no solo se ganan en las urnas. También se sostienen en la confianza de quienes participan en ellas.

Esa confianza no se rompe de golpe. No hay un momento exacto en que desaparece. Se desgasta. Se diluye. Se fragmenta en decisiones que, vistas por separado, parecen menores, pero juntas terminan pesando demasiado.

El riesgo no está en lo evidente. Está en lo que lentamente deja de parecer confiable.

Y cuando eso ocurre, el problema ya no es quién gana una elección.

Es si alguien cree en ella.


  • Víctor Hugo Martínez

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