Hay dolores que nunca podremos compartir por completo.
Podemos acompañar una búsqueda, ofrecer una palabra de aliento, guardar silencio frente a una noticia o detenernos unos minutos para expresar solidaridad.
Pero el dolor, ese que se instala cuando una ausencia deja de ser una posibilidad para convertirse en una certeza, pertenece únicamente a quienes tendrán que aprender a vivir con él.
En los últimos días, nuestra región volvió a encontrarse frente a dos tragedias que conmovieron a miles de personas.
Durante horas hubo preocupación, esperanza, mensajes de apoyo y una atención que parecía reunir a toda la comunidad alrededor de un mismo sentimiento.
Después, como ocurre siempre, la vida va a seguir para la mayoría.
Las conversaciones cambiarán de tema. Las redes sociales encontrarán nuevas historias. El ritmo cotidiano recupera su curso.
Y está bien que así suceda.
Ninguna sociedad puede permanecer detenida por cada tragedia que enfrenta.
Cada persona carga también con sus propias preocupaciones, responsabilidades y dolores. No estamos obligados a vivir el duelo de quienes apenas comienzan a recorrer ese camino.
Pero quizá sí exista una responsabilidad más sencilla y, al mismo tiempo, más humana.
La de recordar que detrás de cada noticia hay una familia cuya vida ya no volverá a ser la misma.
Para ellos no existe un momento en el que la historia termine. Padres, madres, hermanos, hijos y amigos deberán aprender a convivir con una ausencia que transformará su vida cotidiana. Mientras todos retomamos nuestras actividades, ellos apenas comienzan un proceso largo, silencioso y profundamente personal para reconstruirse.
Mientras para nosotros una tragedia ocupa unas cuantas horas de atención, para alguien más representa una silla que permanecerá vacía, una habitación que conservará el mismo silencio o una mesa donde nunca volverán a reunirse todos.
Esa distancia entre la noticia y la vida es enorme.
Tal vez por eso conviene acercarnos al dolor ajeno con prudencia. No para apropiarnos de él ni para convertirlo en un espectáculo permanente, sino para reconocer que existen heridas que continúan abiertas mucho después de que desaparecen las cámaras, terminan las búsquedas y la conversación pública encuentra un nuevo tema.
El duelo pertenece a una familia.
El respeto, en cambio, nos pertenece a todos.