El último guardián

Tamaulipas /
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Lo conocimos con apenas unos meses de vida. Llegó acompañado de su hermana. Eran dos cachorros inquietos que, sin pedir permiso, se ganaron para siempre un lugar en nuestros corazones. El destino los separó pronto, pero Dug permaneció con nosotros durante toda una vida.

Era un labrador y, con el paso de los años, dejó de ser una mascota para convertirse en un integrante más de la familia. Acompañó la adolescencia de Víctor, sus años de preparatoria y buena parte de su crecimiento. Bastaba verlos juntos para entender el lugar que ocupaban el uno en la vida del otro.

También fue testigo silencioso de nuestros propios cambios. Los perros tienen esa maravillosa forma de estar presentes: no opinan, no juzgan, no hacen preguntas. Simplemente están. Y eso basta.

Con los años, su hocico comenzó a cubrirse de blanco. Su andar se volvió pausado y su mirada adquirió esa serenidad que sólo tienen quienes han acompañado durante mucho tiempo a una familia.

En los últimos años se convirtió en el inseparable compañero de la señora Marcela, mientras que a Miriam y a mí nos regalaba esos pequeños rituales que hoy cobran otro significado.

Me tocó bañarlo muchas veces y después correr para impedir que se revolcara en la tierra. Cuando no era día de baño, se atravesaba en mi camino, se tiraba patas arriba y, con una ternura imposible de ignorar, exigía que le rascara la panza. Era un consentido.

Siempre me esperaba en la reja que dividía las dos casas. Bastaba escuchar el motor de la camioneta para correr hacia el zaguán y golpearlo, anunciando mi llegada.

Hace unos días me avisaron que Dug había muerto. Lloré. Después vino otra tarea difícil: llamar a Víctor para contarle que su compañero de tantos años ya no estaba, una de esas llamadas que ningún padre quisiera hacer.

Entonces comprendí que los perros también miden el tiempo de nuestras vidas. Con ellos recordamos etapas, personas y momentos que creíamos intactos.

Hace poco más de un año despedimos a Luna. Hoy despedimos a Dug.

Cada vez que llegue a la casa seguiré volteando, casi por instinto, hacia la reja donde me esperaba. Y estoy seguro de que, por un instante, también lo imaginaré tirado panza arriba reclamando su acostumbrada dosis de cariño.

Sé que ya no estará.

Pero hay ausencias que siguen abriendo la puerta de los recuerdos.


  • Víctor Hugo Martínez

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