En la estructura de los tres órdenes de gobierno, cada cierto tiempo se repite el mismo ritual: movimientos, ajustes, enroques.
Se anuncian como “cambios para mejorar” o como “reconocimientos a los mejores cuadros”. La frase suena bien. El problema es que casi nunca explica nada.
En la política mexicana durante años este ejercicio suele rozar lo surrealista.
Porque si algo funciona, ¿para qué moverlo? Y si no funcionaba, ¿por qué quienes fallaron ahora aparecen en otra oficina, con otro cargo y la misma responsabilidad de siempre?
El movimiento se vende como dinamismo, pero muchas veces no es más que simulación y la principal afectada es la ciudadanía.
Después de los enroques viene el discurso de la cercanía: ahora sí se pide atender a la gente a todas horas, ahora sí escuchar, ahora sí resolver.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿antes no se hacía? ¿O el problema nunca fue el puesto, sino quién lo ocupaba?
En la mayoría de las administraciones, los nombramientos no obedecen a trayectorias ni a resultados, sino a relaciones. El valor principal de muchos funcionarios no es su capacidad de resolver problemas públicos, sino su cercanía con quien detenta el poder.
Ser familiar, amigo, aliado o cuota sigue pesando más que la experiencia o el conocimiento del área.
Y no se trata de ingenuidad. Las modificaciones a la estructura también funcionan como moneda de cambio: pago de compromisos con grupos políticos, económicos o sociales.
Se acomoda a unos, se desplaza a otros, y al ciudadano se le pide paciencia mientras el nuevo responsable “se adapta”.
El problema es que la calle no se adapta. La inseguridad no espera, los servicios no mejoran solos y los pendientes no se borran con un nombramiento nuevo.
Cambiar piezas sin cambiar prácticas solo alarga el problema.
Mover funcionarios no es gobernar. Gobernar es asumir decisiones, medir resultados y responder por ellos.
Mientras los enroques sigan siendo coartadas y no correcciones reales, la estructura se moverá… pero el fondo seguirá intacto.
Y la ciudadanía, una vez más, aprenderá a leer entre líneas lo que el discurso de la transformación insiste en disfrazar.