Hay momentos en que la realidad deja de ser nota roja y se convierte en telón de fondo. En Tamaulipas, la inseguridad -sobre todo en la franja fronteriza- ha entrado en esa fase peligrosa donde los enfrentamientos, bloqueos y disputas criminales ya no sorprenden: se asumen.
No porque no importen, sino porque se repiten. Y cuando la violencia se normaliza, la sociedad empieza a medir su vida cotidiana en función del riesgo, no del derecho.
Ese es el primer eje: una frontera que sigue siendo territorio en disputa y una percepción de seguridad que, aunque distinta según la región, no termina de asentarse.
En el norte, la violencia abierta; en el centro, la incertidumbre latente; en el sur, una paradoja: mayor sensación de inseguridad en las calles, pero un deterioro evidente en los servicios básicos.
La Comapa Sur se ha vuelto tema recurrente no por ideología, sino por necesidad. El agua, cuando falla, deja de ser infraestructura y se convierte en malestar social.
Desde lo político, el ruido no es menor. Morena vive tensiones internas a nivel nacional que inevitablemente se filtran a los estados. No es ruptura, pero tampoco cohesión plena.
Son esas coreografías de intereses que se activan cuando el costo político entra en escena.
Nada nuevo, pero sí relevante: la gobernabilidad también se erosiona por desgaste interno.
En lo económico, el panorama no es más alentador. La zona sur Tampico, Madero y Altamira enfrenta una cuesta que no termina de irse. El consumo se ajusta, la inversión se cautela y el ánimo empresarial se mueve con prudencia.
Y en medio de todo, la refinería Francisco I. Madero, de Ciudad Madero, símbolo histórico de desarrollo, opera bajo una sombra persistente: baja producción, dudas operativas y un futuro que no termina de aclararse.
Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum anunció una inversión histórica de unos 186 mil millones de pesos para Tamaulipas, en un contexto nacional de incertidumbre económica y retos de seguridad, el anuncio hoy suena más a buena intención que a certeza inmediata.
Termina un mes, sí. Pero más que balances de gobierno, lo que se diluye es la paciencia social. No hay estallido, aún.
Hay algo más silencioso y más complejo: la sensación de estar avanzando sin certeza.