A muchos asombró el mensaje que permeó por completo la presentación del cantante puertorriqueño Bad Bunny el domingo en California.
Tal vez porque en tiempos en que la libertad en todas sus presentaciones se ve amenazada en esa nación, a la gente se le olvida que la música, al igual que las otras expresiones artísticas, siempre ha sido también un camino, un pretexto para elevar la voz en defensa de las ideas y de aquellos que se sienten o están siendo oprimidos.
Así que no debe sorprendernos el gran aprovechamiento de esos minutos, ante una audiencia récord de 142 millones de espectadores a nivel internacional; y miles de asistentes que sorprendidos vieron este hecho histórico; porque lo es, sin exagerar.
Lo que sí sorprende es la valentía de hacerlo en el espectáculo que refleja tal vez en mayor medida los usos y costumbres del pueblo estadunidense.
La valentía de cantar en español, reunir a figuras emblemáticas de la música y el cine que representan al pueblo hispano, y más allá mencionar una a una cada nación que representa la “América de los americanos” completa, es sin duda destacable.
Es cierto, la calidad vocal del boricua no es del gusto de muchos de nosotros; las letras de la mayoría de sus canciones no son precisamente arte. Pero cuando la música respalda mensajes de una sociedad que quiere hablar, esto va más allá de gustos o preferencias.
En realidad no hay que olvidar que antes que Bad Bunny, muchos artistas han elevado la voz de manera valiente en entregas de premios, alfombras rojas, conciertos o con sus letras, que han permitido a los migrantes, indocumentados u oprimidos sentirse representados.
Lo deseable es que esto no quede en anécdota, que más voces se unan y sobre todo que logren el impacto necesario para despertar las conciencias.
Bad Bunny ya hizo lo suyo en el corazón del deporte más representativo para nuestro vecino del norte.
¿Qué sigue ahora? Veremos.
Por lo pronto que la vida le sonría y seamos más unidos.
Más allá de la música.