Nunca es buen momento para una crisis como la del INE, pero cuando faltan poco más de ocho meses para que millones de mexicanos vayamos a las urnas, menos.
Muchos pensamos que afortunadamente no se trata de una crisis originada por alguna votación extraña, oscura o amañada por nuestro árbitro electoral.
Nos ha costado a todos durante tantos años, mucho dinero y esfuerzo conformar al instituto.
Lo cierto es que aunque las acusaciones se enfoquen en Guadalupe Taddei y su presunto clan por desvío de dinero a través de triangulaciones, por otorgar contratos millonarios y posibles conflictos de intereses para beneficiar a sus cómplices.
El punto es que si quieren salvar al INE, lo que debe pasar es que realmente pague el que tenga que pagar por haber cometido estos delitos.
Así todos se darían cuenta que no quedaron impunes estos actos y confirmarían que, contrario a los pronósticos, nadie los protegió.
Lo que debe pasar también es que se aproveche la crisis para que el legislativo modifique reforma que hace dos años, en la llegada de Taddei, le dio poderes excesivos a quien esté en turno al frente del instituto.
Es un despropósito que esa reforma permita al consejero presidente o presidenta, eso de poder tomar decisiones, como nombrar funcionarios y elegir proveedores, sin preguntar a los integrantes del consejo.
Si quieren salvar al INE deben evitar que entren a él personas impreparadas o de las que dicen: “Ya estoy donde hay, es mi momento; me voy a enriquecer”.
Además, la próxima o el próximo presidente del INE no deberá estar comprometido con partido alguno, y deberá entender que tiene encima una elección decisiva.
Si todo esto no ocurre, el 6 de junio de 2027, aquellos que siempre buscan un pretexto para no votar, lo encontrarán en el descrédito del árbitro de los comicios.
Ojalá no pase, aún hay tiempo.