Es cierto que ya ha sido repetida hasta el cansancio la frase de que se acabó el modo party, y que ya es tiempo de pasar a la acción y retomar las tareas pendientes por resolver en Nuevo León.
Ante esto es mucho lo que se puede decir, pero podemos detenernos en dos reflexiones: la primera, que la tarea de resolverlas requiere algo más que voluntad de un solo gobernante, y la segunda, que para comenzar, lo primero que hay que tener claro es cuál sería la prioridad ante un abanico tan grande de pendientes.
El domingo, en Cambios, la mesa de invitados coincidió en que el desarrollo urbano y la movilidad ocupan los primeros lugares en la lista de necesidades, y si se atienden pronto habría un efecto dominó que permitiría aminorar otras problemáticas como la inseguridad y la violencia familiar.
Datos recientes obtenidos por una de las evaluaciones de la organización Cómo Vamos, Nuevo León revelan que arriba del 50 por ciento de la población considera la movilidad como el tema más complicado.
No sólo es la falta de obras viales al mismo ritmo que el colapso que provoca la migración excesiva, sino también se trata de desarrollo urbano desordenado, en muchos casos con el ingrediente infaltable de la corrupción.
Ese mal que está enquistado en este y en muchos rubros en nuestra sociedad y nuestra clase política.
Por eso siguen siendo nuestra realidad las grandes distancias que tienen que recorrer miles de personas entre su vivienda y su trabajo, o al lugar de entretenimiento, o al centro de salud.
El estudio también señala en gran medida a la migración, tanto externa como interna, como un factor que acelera esta bomba de tiempo, dado que municipios como Guadalupe, San Nicolás, San Pedro y Monterrey en los últimos 10 años han perdido población o se han quedado igual.
Y las familias se están yendo a Juárez, García, otros a Pesquería o al Carmen, evidenciando la pobre respuesta de las autoridades que no pueden garantizar que llegue el Metro o que una reestructura de las líneas de transporte les resuelva el problema.
El crecimiento es desordenado y sin estrategia, porque si bien es cierto que ya se opta por edificaciones verticales; no se contempla con ello un plan de seguridad, espacios de convivencia, avenidas más grandes y escuelas cercanas.
Así va creciendo nuestra ciudad metropolitana, convirtiéndose poco a poco en una olla de presión.
Ya vendrán los tiempos electorales y estas realidades ocuparán los discursos de los que buscan el voto, y para ello se valdrán de problemas sobrediagnosticados, para promesas gastadas. A ver si para entonces no es tarde.
Por lo pronto, que la vida le sonría y a mí, también.