Otro México

Ciudad de México /

Estudiábamos en la licenciatura. Teníamos mentes ágiles, curiosas y perseverantes, capaces de examinar una idea hasta sus últimas implicaciones, de explorar sus vínculos históricos y sus conexiones lógicas, y de entretenerla en la mente por largo rato como un objeto de maravilla.

Recuerdo bien el día en que un maestro nos dijo que ni nos molestáramos: no tenía caso hacernos pasar por filósofos. Aquí en México -según su diatriba- no se hace teoría. “Las teorías se hacen en Estados Unidos, en Europa. Ustedes se van a entrenar únicamente para juntar datos, los datos que alimenten esas teorías, que las confirmen o que las refuten. Pero las explicaciones no las van a hacer ustedes, esas vienen siempre de afuera”.

Creo recordar al profesor que nos lo dijo, pero puede ser también que esté equivocada. En cualquier caso, no importa, porque lo que dijo no fue una opinión original, sino algo mucho peor: era el sentido común de la época. Ese sentido común dictaba que, así como en la industria no pasábamos de ser un país maquilador, que sólo ensamblaba productos de bajo valor agregado, en la ciencia estábamos destinados a lo mismo: importar el conocimiento de otros países, manufacturar, si acaso, algunos insumos y depender de las ideas generadas desde el exterior para explicar nuestras propias realidades. Nosotros, los mexicanos, estábamos negados para producir conocimiento científico y, no se diga, desarrollos tecnológicos. En ambos casos -ciencia y economía- estábamos destinados a depender. Así lo pensaban, y lo decían, varios de quienes nos formaron.

Desde esa opinión común, derrotista, nos fueron infligidos grandes complejos, difíciles y en algunos casos imposibles de vencer. Probablemente no era generalizado, pero tengo la sensación de no haber sido la única persona de mi generación que creció convencida de que los mexicanos no éramos, y no podíamos ser tan buenos como los académicos de otros países. Esa sensación dominó gran parte de nuestras carreras y fundamentó nuestras decisiones de vida.

El domingo 7 de junio, en la Base Militar de Santa Lucía, se presentó un vehículo eléctrico, con capacidad para seis personas, hecho por ingenieros e ingenieras mexicanos, diseñado por mentes mexicanas, y construido, hasta donde fue posible, con piezas hechas en el país.

Para concebirlo, los investigadores recorrieron los barrios y pueblos de México e identificaron las necesidades de la gente: madres que llevan a sus hijos a la escuela cargando pesadas mochilas; comerciantes que reparten su mercancía en triciclos, esquivando el tráfico, o repartidores que entregan pedidos en motocicletas cada vez más riesgosas. El punto de partida de este proyecto, en palabras de su responsable, Roberto Capuano, es que “el vehículo que necesita México no existe”. O no existía hasta ese día en que lo presentó.

Una vez en la luz pública, el primer impacto que recibió Olinia fue el de las críticas de quienes se consideran sus competidores: grandes empresarios que juran que las motos que venden en abonos son muchas veces mejores que el cochecito innovador. No hace falta repetir aquí los argumentos de uno y otro lado, pues los dos tipos de vehículos no son ni siquiera comparables. Y ahí es donde está lo interesante: lo que se presentó ese domingo en Santa Lucía no es un nuevo coche eléctrico, ni tampoco una motocicleta con carrocería. Es una pieza de innovación, hecha con ingenio mexicano, ese que en generaciones anteriores nos habían dicho que no teníamos y que debíamos importar de fuera.

El miércoles pasado, en su partido contra Chequia, la selección mexicana se atrevió a hacer algo impensado: golear a su visitante europeo después de haber salido invicto de sus juegos contra otras dos selecciones. Fue emocionante el arrojo con el que el equipo logró, sobre todo, el primero y el tercer gol. En una entrevista le preguntan al entrenador Aguirre dónde está la fortaleza de su selección, y contesta: “son jóvenes que no tienen complejos”.

Pienso de vuelta en el México en el que creció mi generación, en el que era normal que un profesor les dijera a jóvenes de dieciocho años que nunca podrían formular una teoría nueva o resolver un problema complejo. Y pienso en el México que tenemos ante nuestros ojos, el de jóvenes innovadores y jóvenes deportistas que no llevan en la mente la pesada carga de lo que, supuestamente, están impedidos para hacer.

No me queda duda de que este cambio cultural vino precedido e impulsado por una hazaña democrática. Son tiempos auspiciosos, y propicios para infundir en las y los jóvenes el amor por la ciencia y el deporte, bajo la convicción de lo que dicta un proverbio que no sé de dónde viene: «aquellos que no saben lo que no se puede hacer logran grandes cosas».


  • Violeta Vázquez-Rojas
  • Lingüista egresada de la ENAH, con doctorado por la Universidad de Nueva York. Profesora-Investigadora, columnista y analista, con interés en las lenguas de México, las ideologías, los discursos y la política.
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