En semanas recientes el movimiento therian, integrado por personas que, de manera profunda, aunque no biológica, se identifican como animales no humanos, se volvió tema de conversación pública.
Más allá de explicar en qué consiste, importa detenernos a mirar cómo hemos reaccionado: abundan las burlas, los insultos y las descalificaciones.
No se trata sólo de estar en desacuerdo, sino de una respuesta cargada de desprecio hacia algo que se percibe como extraño.
Vivimos en una sociedad que divide el mundo en dos: los “normales” y los “anormales”.
Hay un “nosotros” que se asume como medida de lo correcto y un “ellos” que queda marcado como diferente.
Desde ahí, lo que no encaja se ve con sospecha y es colocado en un lugar inferior.
Así ha ocurrido con múltiples expresiones culturales juveniles y minoritarias, convertidas en estereotipo antes que en interlocutor.
Sin embargo, en el caso de los therians aparece un elemento adicional: el biologicismo.
Muchos comentarios apelan a una supuesta verdad natural para descalificar: “son humanos y punto”, “llévenlos al veterinario”.
No es únicamente una disputa cultural, es la invocación de la biología como frontera moral.
Cuando la diferencia se reduce a “error biológico”, emergen ecos autoritarios que buscan ordenar el mundo desde una verdad única. Algo similar ocurre en la violencia cotidiana contra personas trans, donde el argumento natural pretende cerrar cualquier debate sobre identidad y dignidad.
En el fondo la furia ante lo distinto revela el miedo a que nuestras categorías no sean tan sólidas como creemos.
La discusión sobre el movimiento therian representa una oportunidad para interrogarnos: ¿por qué lo diferente nos provoca hostilidad?
Más que juzgar identidades, tal vez debamos revisar la estructura social que convierte la diversidad en amenaza.
El desafío es imaginar una sociedad que no necesite humillar para afirmarse, sino que sea capaz de convivir con aquello que la cuestiona.
¡Hasta encontrarles a todes!
walter.salazar@iberotorreon.mx