Adiós al “gran varón”

Monterrey /

Hubo un pernicioso tiempo en el que odié a Willie Colón con todos mis puños e intestinos.

La razón, simple: cada que sonaba en fiestas, mis tías de Azcapotzalco me sacaban a bailar a la de a huevo. Bailar es una adicción para mí. El problema era cómo bailaban las piezas de Willie Colón: lo que debía ser salsa me parecía una coreografía de Vaselina, algo así como rock & roll tropical. Nunca le entendí bien al menjunje de pasos. Hasta la fecha.

El acoso cultural de mis tías me hacía pensar que todas las canciones del Willie sonaban iguales.

Debo admitir, sin embargo, que mi padre, cada vez que traía a cuento su orgullo norteño, sin querer me contagiaba de sus prejuicios hacia Willie Colón.

Entonces llegó “El gran varón”.

La letra era una historia de terror para mi preadolescencia enclosetada: un hombre llamado Andrés tiene un hijo al que bautiza como Simón; en él deposita todo su orgullo masculino; lo cría y educa con las mismas reglas y valores que al resto de sus hermanos; lo manda a estudiar al extranjero. En una visita sorpresa de Andrés, descubre que la mujer que le abrió la puerta del departamento era, en realidad, Simón. Horrorizado, el padre huye despavorido; jamás volverá a ver a su hijo y Simón muere sin compañía en una cama abandonada de hospital, a causa de una extraña enfermedad en plena pandemia del sida. Fin.

Para entonces, por las erecciones que me provocaban los videos de Emmanuel, Bryan Ferry y Social Distortion, sabía que mi destino estaba sellado por la condena. La letra de “El gran varón” me generaba una angustia existencial que somatizaba en retortijones cada vez que sonaban los arreglos de esa canción. Al parecer, en mi futuro como gay solo había falda, lápiz labial, un carterón y VIH/sida al final de mis días.

La canción era un putazo en fiestas de bautizos y bodas. Las parejas bugas la bailaban con pícaro entusiasmo, en el que los chistes homofóbicos formaban parte casi obligatoria de los pasos de baile. Los varones, ya bien pedos, se hacían pasar por el “Simón” de la canción, aunque no tuvieran ninguna referencia visual.

Fue hasta mis primeras escapadas a Viena, la inigualable cantina gay llena de machines adictos al dominó, sombrerudos y policías judiciales en la calle de República de Cuba del entonces DF, donde hice las paces con Willie Colón. “El Gran Varón” era una de las canciones con más monedas en la rockola del local. Los hombres la bailaban con el orgullo en la cintura. Se lamían los bigotes sin pudor en una fiesta a punto de eyacular. Recuerdo que uno de esos “judas”, como les decíamos a los desgraciados agentes de la PGR, me sacó a bailar mientras sonaba “El gran varón”. Después de bailar nos fuimos a uno de esos hoteles de mala muerte con una Virgen de Guadalupe vigilando entre pasillos. Al “judas” le daba pena comprar condones conmigo. Tuve que entrar solo a la farmacia. No queríamos acabar como “Simón”.

Si Juan Gabriel sabía desentrañar el sentimentalismo mexicano, Willie Colón deconstruía desde el Bronx neoyorquino los valores latinoamericanos con los que ensamblaba grandiosas orquestas de salsa que se metían hasta la cocina de las clases trabajadoras.

Después de mis revolcones con el judicial empecé a comprar viniles de Willie Colón. Me levanté el Siembra de Colón con Rubén Blades de 1978 por menos de 100 pesos en los puestos de discos a la vuelta del Metro Balderas. Descubrí que “Plástico” es probablemente la canción de salsa con la introducción más funky en la historia de la salsa. Y que “Pedro Navaja” es un guión de convención enteramente noir llevado al sabor latino, me imagino que la adaptación a la pantalla grande, con Sasha Montenegro y Andrés García, debió de ser papilla. Si algo tenía Willie Colón era buen oído para musicalizar el castellano con todo y sus tildes tan problemáticas al momento de amalgamar sobre notas musicales. En sus discos hay sudor y fuego, cuyas llamas se extienden hasta los vellos púbicos.

Por suerte para todos nosotros, Colón no fue un artista perfecto. Arrastraba ciertos inconvenientes: algunos intelectuales de la época se lo colgaban como amuleto para darse baños de pueblo, activistas con el mismo carisma que un priista abstemio le acusaron de explotar estereotipos latinos que nos ponían en desventaja, sobre todo frente a la sociedad norteamericana. A “Talento de televisión”, por ejemplo, se le describe como una fiesta de misoginia y a “El gran varón” como un catalizador de estigmas hacia las personas que viven con VIH.

Lo cierto es que Willie Colón fue vocero de varias asociaciones que luchaban por la dignificación de las comunidades latinoamericanas afectadas por el VIH, como el Latino Comissions of Aids. Apoyó causas en contra del cambio climático y su solidaridad con Hillary Clinton y otras mujeres demócratas lo vinculaban con las causas feministas. Pero siempre será más fácil la simplificación desde un presente que se agota en la sospecha hasta hacerle el caldo gordo al conservadurismo.

“El gran varón” es una fábula de hiperrealismo crudo que nos confronta con todas las capas de los valores latinoamericanos, incluyendo sus puntos ciegos. La historia de una familia que pone expectativas a sus miembros sin preguntar, que ejerce la tiranía, castiga al rebelde y expulsa. Pero también visibiliza y conmueve.

Después de toda la retahíla de prejuicios, también figuraban la culpa y la compasión por un Simón que agonizaba en una dolorosa soledad.

“Nadie merece morir así”, decía una de mis tías de Atzcapotzalco en tono respetuoso.

La muerte de Willie Colón me recordó a mis cervezas en el Viena, una cantina también “fallecida”. Me encantaba besuquearme con todos esos bigotones.

Todos éramos “Simón”, bastardos del patriarcado tradicional bailando sobre nuestras lápidas porque “Simón” nos enseñó que jamás nos enderezaríamos y eso era lo mejor que nos podía pasar.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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