Algo salió mal

Ciudad de México /

A Paola, Mariana, Ale y Gil”


Tarde o temprano y sin darte cuenta ya te has hecho de un arsenal de mañas que te ayudan a no pisar en falso.

A punta de chingadazos he aprendido, por ejemplo, que en el cuadrilátero soy una bestia con los derechazos. Así que suelo guardar lo que considero mis mejores jabs para cuando la respiración del adversario en cuestión me hace pensar que está a punto de perder precisión; me levanto de la mesa del Black Jack si suena The Who o Queen, no porque crea en la mala suerte, solo que me desesperan tanto que distraen la adrenalina de mi propio riesgo de perderlo todo; en las orgías no soporto a los tipos que hablan con la diarrea típica alrededor de los chai-latte; me invade una esotérica angustia si me despierto sin música y no puedo arrullarme sin darle play a un álbum que suene a oscuras; huyo de los tipos que usan camisas de Burberry porque esos mentados cuadritos que a muchos les dan estatus de gente bien, a mí me provocan migrañas con mirarlos tan solo 30 segundos y no me involucro con batos más chicos que yo. No tengo paciencia para celebrarles nada. Es más, a veces me asalta la sensación de culpabilidad cuando me enredo con cabrones de mi edad, como si estuviera cometiendo un acto de pederastia o algo así. Me pasa algo similar a Daria Morgendoffer cuando su hermana Quinn le pide un perverso favor: si la suple como niñera, pues ha hecho planes con el chico más popular de la escuela: “Olvídalo, odio a los niños… los odio desde que era niña”, responde Daria.

Gracias a la banda de Time Out México, con los que colaboro, pude darme una vuelta y reportear el Nrmal, un festival de música que antepone lo arriesgado muy por encima de la fácil digestión sonora. Un bato que me topé mientras sonaba Lorelle Meets The Obsolete me dijo que lo que más le gustaba del Nrmal era lo educado de la banda, carajo, ¿en qué momento los conciertos de rock se educaron? Bajo esa domada perspectiva, ¿cómo quedan los que tumbaron la puerta del cine Ópera en aquel mítico concierto de Bauhaus? Pero que el Nrmal es un festival delicioso, sin duda.

Y no sé cómo es que terminé con un bato mucho más chico que yo. De esas cosas que se arman sin planear demasiado. Andaba crudo y nostálgico y dándole al nuevo disco de Conor Orbest y quizás eso tuvo algo que ver. La verdad me parece divertido y honesto. Empezamos a comprar alcohol como si el hígado fuera una leyenda urbana.

Cuando los Brian Jonestown Massacre saltaron al escenario, el bato y yo nos estábamos besuqueando con una intensidad equivalente a la esquizofrenia psicodélica de Anton Newcombe, el insólito e impredecible vocalista de la banda rival de los Dandy Warhols que hace muchos años se la hacía de pedo a sus propios compañeros ahí, en el escenario. De hecho, yo me considero leal a los Dandy.

En algún momento nos perdimos y no volví a verlo. Siempre he creído que con los gays más chicos que yo no hay garantía de nada. Me quedé insaciable y preocupado, no tanto por el desamor, simplemente no quería andar cargando responsabilidades. El smartphone se trabó y no pude completar mi chamba con Time Out ni dar con el paradero del bato.

Más alcohol. Después me lancé a la fiesta Maninfest, una congregación gay que enaltece la masculinidad, en su cliché más sudoroso que seguro odian las queers. Ahí me encontré con un cuate con el que mantengo los acuerdos bastante claros, hablamos mucho de Radiohead, no nos andamos con rodeos ni con malentendidos sexys. Tiene 49 años.

¿Cómo hacen las comadres para guardar la compostura o aguantarse las ganas entre ellos o qué sé yo? Sabía que estaba infraccionándome. Soy muy porno y torpe, confundo las cosas rápido y rebaso las fronteras, rompo la tensión y básicamente arruino la cercanía con facilidad. Por eso no tengo muchos amigos gays. Por eso y porque me desespera el bufe hacia personas que no conozco y esa maña de andar queriendo emular los rituales de Sex and the city o Gossip girl.

Los vodkas se hicieron para embrutecerte y romper tus propias reglas de vez en cuando, caes en la trampa de tus obcecaciones y recuerdas por qué en algún momento te forjaste esas reglas.

Cuando el aparato se restableció, empecé a escribirle una serie de estupideces de las que luego me arrepentí en la cruda. Entrada la tarde, el domingo el bato dio señales de vida, me sentí aliviado y empecé a reírme solo en el autobús que recorre Constituyentes. Después de los escuetos mensajes tuve el presentimiento de que algo se había desviado, pero como diría Daria Morgendorffer: “Si el final es bueno y feliz, es que algo salió mal”; por suerte, no fue el caso.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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