Cafecitos y ese charm de San Francisco

Monterrey /

Hace muchos lustros, en mi primera noche en San Francisco, dormí en el entonces infame Beck’s Motor Lodge en la calle Market, conocido como el hotel porno. Los huéspedes eran mayoritariamente homosexuales que rentaban cuartos para encuentros sexuales sudorosos, a veces grupales. Algunos dejaban la puerta abierta para que cualquiera pudiera husmear y, si la química colisionaba a favor, los gemidos empezaban a arañar las paredes. A veces era difícil conciliar el sueño entre esa orquesta de bramidos masculinos que se colaban por los pasillos, no tanto por el ruido, sino por sentirte un solitario perdedor entre las sábanas, mientras otros cabrones convulsionaban hasta las nubes.

Al día siguiente, en mi camino al Pete’s Cofee de enfrente, un indigente con su chaleco lleno de pins como si fuera una varicela metálica y colorida, me escupió apenas me vio salir del Beck’s. Algo tenía contra los huéspedes de ese hotel. El Pete’s era una cadena de cafeterías fundada al otro lado de la bahía, en Berkeley, decorada en un tono bohemio austero, con láminas de manera y fotos a blanco y negro del viejo San Francisco de mediados de los cincuenta. La sucursal de la calle estaba atiborrada de hombres, estrellas del porno gay entre ellos, crudos, con las ojeras hinchadas de alcohol, apestando a jabón y poppers secos.

Más tarde fui a un concierto de Rancid en el Teatro Warfield; ahí me ligué a un punk de mohawk y barba, con una mirada lunática y una lengua de mantequilla. Nos fuimos a beber cervezas al 440, el bar de Silver Daddies, casi enfrente del emblemático Cine Castro. Al empezar con los tequilas, las braguetas se hincharon tanto que salimos corriendo antes de que el bar estallara, debido a una bomba de testosteronas. Al final, el punk de la cresta desactivó mi munición de carne y fluidos, hincándose en un rincón abandonado a la vuelta de la estación del Metro Castro.

Después, antes de meterme a uno de los sex clubs gays más depravados de Castro y los que abundaban en la calle Folsom, dentro de lo que se conoce como el Distrito Leather, me lancé a North Beach, a retacarme de libros barato en City Lights, la librería de Lawrence Ferlinghetti, el poeta beat, y beber en el Vesubio, el mismo bar en el que Kerouac y Gingsberg discutieron sobre el libro de William Burroughs que terminó por llamarse “Naked lunch”.

Para mí, ese fue el charm de San Francisco que me dejó marcado hasta el día de hoy. Soy afortunado de haberme mudado a la capital beatnik y la tierra de los Dead Kennedys y Negative Approach.

Quizás por el algoritmo de la geolocalización, Instagram me sugirió el video de una influencer que documentaba su mudanza de la Ciudad de México a San Francisco. En sus historias incluía la aventura de rentar un departamento al alcance de su presupuesto y fantasía decorativa, dos cuartos, dos baños, y que estuviera cerca de restaurantes y cafecitos que tuvieran ese charm de San Francisco.

Ahora que me encuentro en la Ciudad de México por algunos días, le pedí a un viejo colega que me diera sugerencias de dónde tomar café, comer y beber además de mis cantinas básicas. Sus respuestas eran cuentas de Instagram que mostraban locales sobrediseñados, no muy distintos de los lugares favoritos que la influencer obsesionada con el charm de San Francisco posteaba. Incluso el inglés es la lengua predominante y la gente parece vivir en dos universos paralelos.

Lugares que podrían estar en la Ciudad de México, Buenos Aires, San Francisco, Portland o en cualquier ciudad con alta densidad turística. Lugares cuya prioridad es la estética para revistas, pero sobre todo, la inmediatez de las redes sociales, convirtiendo el mundo en un escenario estandarizado para grabar historias de un minuto olvidables frente a la siguiente tendencia.

Mientras tanto, el cine Castro ha sido remodelado y el Pete’s Coffee ha cerrado sus puertas para siempre.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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