Días de pandemia: orgullo sin marchas ni marcas, #ExistoTodoelAño

Ciudad de México /

Se decidió que la Marcha del Orgullo número 42 de la Ciudad de México sucediera dentro de la aldea digital, ante el peligro que supone la propagación del covid-19, inopinadamente contagioso, y cuya meseta parece no tener fin.

Y no deja de ser frustrante, pues este año había significativas consignas que imprimir sobre las cartulinas y las olas de torsos desnudos que siguen cumpliendo su función de escandalizar incluso a gays alienados al recato buga. Por ejemplo, la reestructuración del Programa Especial de Sexualidad, Salud y VIH (antes Programa Especial de VIH y Derechos Humanos) de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, cuyo personal se ha reducido a cuatro personas, encargadas de atender demandas por atraso o desabasto en la entrega de tratamiento antirretrovirales a personas que viven con VIH, entre otras muchas cosas. Pero lo alarmante de esta decisión merece un análisis completo.

Lo cierto es que hace mucho que el VIH no es un tema sobresaliente. Desde que la pulsión familiar empezó a infiltrarse en el activismo de la diversidad sexual, haciéndonos creer que emular los pactos hetero que refrendan la monogamia e inventan clósets para unificar las represiones, eran un derecho que potenciarían nuestro estado de bienestar, aun cuando Karl Marx ya tenía claro que: “La familia moderna contiene, en germen, no solo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre”, como lo recuerda Friedrich Engels en su Origen de la familia y no quiero que esto se interprete como un guiño rojo. Si algo nos enseñó Pier Paolo Pasolini cuando fue expulsado del Partido Comunista Italiano, es que los homosexuales somos los apestados de las inspiraciones socialistas por atentar contra la reproducción humana y la fuerza de trabajo, lo que evidencia nuestra verdadera naturaleza, como jotos, entre esos espectros de derecha e izquierda, al final delimitados por heterosexuales.

Casi al mismo tiempo que las marchas del orgullo capitalino comenzaron a llenarse de simbólicas carriolas y un vocabulario familiar que distraídamente excluía la palabra diferencia hasta hacerla parecer como un accesorio fuera de moda, las marcas fueron posicionándose como ostentosos mecenas de la inclusión y dignidad laboral. Tampoco sorprende. La familia es un instrumento que legitima el consumismo para delimitar clases sociales y falsas seguridades. No es gratuito que muchos homosexuales traigan a cuento los bienes mancomunados y herencias cuando defienden el matrimonio igualitario como una figura de igualdad ciudadana. Bastaría con tener las mismas garantías constitucionales que sean capaces de proteger a los individuos respetando sus diferencias sin necesidad de someternos a convenciones que obligan a fingir apariencias sociales.

Las marcas que otrora se jactaban de apoyar las necesidades de las personas Lgbttti poniendo banderas multicolores fuera de sucursales bancarias, saborizando vodkas de arcoíris y hasta promocionando croquetas de perro incluyentes, hoy, ante la desaparición de un multitudinario escaparate como la Marcha del Orgullo brillan por su desinterés en formar parte de la marcha virtual que recorrerá la fibra óptica y las carreteras de la web.

Un grupo de personalidades, activistas ligados al sector empresarial, promotores de los derechos laborales y alguno que otro influencer lanzó el hashtag #ExistoTodoelAño como para dejar claro que la población Lgbttti, nosotros los putos entre ellos, no somos un nicho de mercado que solo merecemos digna visibilidad durante el rentable junio.

En la canción de dance industrial “Search & destroy”, los KMFDM dicen que pandemias como las del covid-19 rompen las ilusiones sociales. Como las de la igualdad. Las actuales cifras de desempleo a consecuencia del covid es un trágico ejemplo de los efectos secundarios de sobrevalorar la palabra igualdad en los discursos que orbitan alrededor del orgullo y su emblemático mes: no es equiparable el desempleo en un hetero que el de un homosexual que vive con VIH. Lo mismo las lesbianas o poblaciones trans, que tendrán sus propias realidades alteradas por los despidos y de las que me siento inservible para abordarlas. Valdría la pena preguntar a la población Lgbttti que perdió sus trabajos en medio de la pandemia, y más aquellos que trabajan para empresas, marcas, corporaciones que se indigestan de arcoíris los junio de cada año, o trabajan para los “41 ejecutivos LGBT que dan la cara por la inclusión”, según la lista de la revista Expansión, si les ofrecieron algún resarcimiento coherente a la responsabilidad social a favor de sus empleados de diversidad sexual que tanto pregonan. Acaso asegurarles seis meses de afiliación al IMSS para no interrumpir los tratamientos antirretrovirales.

Asumo lo revoltoso de la interrogación. Que muchos otros desempleados bugas puedan entender que los putos exigimos derechos como un capricho desproporcionado o proteccionista. Pero no se trata de coquetear con los privilegios. Ocuparse de los riesgos y generar conversación, sino de entender, y recuperar, el valor la diferencia. 


Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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