El delicioso pecado de ser gay

Ciudad de México /

Junio de 2013, el papa Francisco declaró: “¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?”. El alud de chaquetas mentales sobre la modernización de la Iglesia católica no se hizo esperar. Muchos gays hambrientos de salvación y cielo asexuado celebraron la declaración. Su santidad Francisco acaparó la portada de “The Advocate”, quizás la revista más comprometida con el pulso político de la homosexualidad. No solo eso, tuvo la desesperación y el autodesprecio de nombrarlo personaje del año.

Por suerte el gran John Waters nunca se tragó el sainete de Francisco. A propósito de sus revolucionarias palabras escribió: “Francisco, el papa actual que todo mundo parece amar, a mi entender, es aún peor que su antecesor (Benedicto XVI). Anita Bryant hizo más por los derechos de los homosexuales que lo que ha logrado por este fraude asimilador y falsamente gay friendly. Al menos ella nos hizo estallar del enojo e inspiró todo tipo de revueltas y furia contra su estúpida homofobia (que terminaría por costarle su carrera). Pero este tipo no hace nada y pretende ser visto positivamente por la comunidad gay”.

Enero del 2022, el mismo Papa que otrora bendecía a los sodomitas con su condescendencia católica que nadie pidió, subraya que la homosexualidad no es delito, pero sí pecado. No se equivoca. Lo más divertido de ser joto es romper los mandamientos morales de Moisés una y otra vez por medio del hedonismo onanista y desviado.

¿De verdad se tragaron la farsa, en la que una frasecita autocomplaciente, tramposa y descaradamente chantajista, era suficiente para modernizar una Iglesia que se opone al progreso y reduce al ser humano a un puñado de reglas de conducta desde no sé cuántos miles de años, como bien señala Bertrand Russell en su determinante ensayo “¿Por qué no soy cristiano?”. Dice Russell: “Hay muchos modos por los cuales, en el momento actual, la Iglesia, por su insistencia en lo que ha decidido llamar moralidad, inflige a la gente toda clase de sufrimientos inmerecidos e innecesarios. Y claro está, como es sabido, en su mayor parte se opone al progreso y al perfeccionamiento en todos los medios de disminuir el sufrimiento del mundo, porque ha decidido llamar moralidad a ciertas estrechas reglas de conducta que no tienen nada que ver con la felicidad humana”.

Pero muchos no solo se tragaron el marketing católico. Se indigestaron con él. La “Rolling Stone” le dedicó una portada al papa Francisco, donde anunciaba, a su vez, una entrevista exclusiva en la que Mark Binelli esquivó las congénitas inflexiones conservadoras de la Iglesia que representa y, en cambio, se esmeró por maquillarlas hasta dejarlas, más bien, convertidas en un avatar de la cultura pop. El texto llevaba por título “Pope Francis: The Times They Are A-Changin’”, emparentando al Papa con el espíritu subversivo de Bob Dylan.

Lo que sí me sorprendió en serio fue ver a Bergoglio en la portada de la revista lésbico-gay más longeva y crítica con todo aquello que promueva la homofobia: “The Advocate”, y con textos aun más entusiastas que la “Rolling Stone”. Creo los de “Advocate” lincharon más a Molotov (en un intento por boicotear un concierto en California, a menos que excluyeran de su set list la canción “Puto”) que al máximo representante de una religión que describe a la sodomía como algo siempre rodeado de decepciones celestiales, indignación y crueles castigos divinos.

A la distancia, más o menos he entendido la fascinación que generó la ñoña frase del Papa. Y es que simplemente dijo lo que muchos gays (sobre todo aquellos educados a temerle a no ser un fiasco a ojo del cielo) querían escuchar: que no somos unos degenerados condenados a arder eternamente por el hecho de que nuestro placer no es reproductivo. Vuelvo a citar a Russell: “El miedo es el padre de la crueldad y, por lo tanto, no es de extrañar que crueldad y religión vayan de la mano”.

Meses más tarde, el papa Francisco condenaría el matrimonio homosexual, dirían que la homosexualidad era una moda y los activistas del arcoíris se indignarían como antaño. Y todo, incluso nuestro inevitable descenso al infierno según la perspectiva católica, volvió a la normalidad.

Wenceslao Bruciaga


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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