El mejor disco del 2025 y la vida después de la realidad

Monterrey /

“¿Quién te lavará (les lavarán) el cabello cuando los esposos hayan muerto?”.

Pregunta, o mejor dicho, brama, Cameron Winter, el vocalista de Geese en “Husbands”, la tercera canción y mi favorita de lo que sin duda es el mejor disco del 2025, “Getting killed”. El bramido de Winter es tan seductor como peligroso, cargado de un arrogante resentimiento heterosexual que raya en un hábil chantajismo. “Husbands” gotea a mitad del pop y el latido tribal y amigable imposible de no prestarle atención, como cualquier berrinche; es uno de los sencillos más esperados durante sus presentaciones en vivo: los asistentes guardan las composturas como si el Padre Nuestro de la misa estuviera a punto de empezar.

“Trinidad”, la pieza que abre el disco, es otro grito de intimidación limítrofe: “¡Hay una bomba en mi carro!”, grita Winter entre trompetas y guitarras que se pellizcan entre sí mientras la melodía se detiene cada minuto, como si se hubiera compuesto con un metrónomo que calcula la transmisión en TikTok. Clic, entonces “Trinidad” vuelve a arrancar desde otro ángulo.

Las canciones convergen en saltos de página hipnóticos que caen en notas de krautrock, riffs de slacker, más algunas improvisaciones de funk abrasador e impulsos noise sin caer en el esnobismo de esto último. Si algo sobró en los últimos años fue el estereotipo del bato que deconstruía su masculinidad escuchando álbumes de noise, como los más recientes de Swans, también con nuevo disco este año, “Birthing” y que resultan insufribles por su misticismo conservador disfrazado de poesía maldita.

Otras canciones como “Taxes” o “Islands of men” también incursionan en las venas de la masculinidad sin el flagelo de la culpa, solo los hechos de una generación que sigue sin sobreponerse al aburrimiento de la pandemia.

“Getting killed” es el primer disco que captura vistazos de la existencia juvenil de la era post-woke. Provocativo y encantador a partes iguales. Sin rumbo, justo como nos encontramos.

Un disco que no se propone lavar las conciencias de quienes lo escuchan y mucho menos se ponen de ejemplo moral. Sí, estoy aventando una pedrada a los Idles, esa banda que se erigió como promotores de una nueva masculinidad sin que nadie se lo pidiera.

Incluso la portada del “Getting killed” es un retrato perfecto del estado de las cosas: una suerte de ángel, al centro de un destello celestial, que sopla una trompeta mientras con la otra apunta el cañón de su pistola hacia nosotros, amenazándonos como los influencers conservadores que se multiplican cada semana y no tienen pudor en amenazar a todo aquel que se oponga o atente contra los valores cristianos. Hace diez años escribí una columna sobre el auge de celebridades de las redes sociales que promovían discursos conservadores articulados como una supuesta réplica sensata a la tiranía de la corrección política que por ese entonces cancelaba personas a su antojo, porque hace diez años lo que se vendía como pan caliente era todo lo que incluyera un eslogan de justicia social.

“Getting killed” salió en un año que será recordado como el del intimidante resurgimiento de la derecha y la extrema derecha en distintas partes del mundo gracias al furor juvenil de las últimas generaciones que aún no tienen nombres ni letras de ningún alfabeto. Hace poco me topé con una youtuber que se identificaba como de derecha evangélica y acusaba a la generación Z de zurdos tibios por no ser radicales en la defensa de Dios: “Ser conservador es lo más cool que te puede pasar hoy”.

El auge de las tendencias de derecha y sus obsesiones, como la reinvención de un patriotismo claustrofóbico, la demonización del extranjero o el rechazo a las comprobaciones científicas, ya no digamos el exterminio de cualquier manifestación sexual que no sea hetero, se dan en un tiempo en que la realidad se diluye entre el furor de la inteligencia artificial, cuyo algoritmo no hace sino acelerar nuestros prejuicios. La Universidad del Estado de Iowa publicó un estudio durante el otoño de 2025 en el que dentro de un grupo controlado de 508 personas, aquellas que se identificaban en el ala derecha del espectro político (con todas sus variantes, desde lo moderado hasta el extremo radical) y que representaron 60% de los reunidos, fueron quienes creyeron las noticias falsas a las que fueron expuestos. Sin cuestionamientos y con cierta devoción.

El estudio afirmaba que el grupo de conservadores evitaba a toda costa ejercer el pensamiento crítico. Si la noticia se ajustaba a sus creencias, la daban por verídica. Aunque no advierte que eso no es exclusivo de los conservadores. El exceso de cancelaciones se dio en una época en la que también los datos duros se consideraban discursos de odio si no se adscribían a alguna buena causa.

En el 2026, la dicotomía izquierda-derecha evolucionará a una lucha entre lo real y lo irreal. De hecho, una frase de “Islands of men” captura con ansiedad el momento actual de nuestra mirada: no podemos escapar de lo real o lo artificial, estamos atrapados en medio. Cualquiera de las salidas es un desperdicio.

Yo, como algunos incautos mortales, compramos el “Getting killed”, su impresión en acetato porque, al parecer, escuchar música en formato análogo es lo que nos mantiene en la ley de la gravedad en el plano de la realidad, fuera de las pantallas.

Feliz 2026.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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