Cuando en 1994 los Estados Unidos de Norteamérica hospedaron por primera vez un Mundial de futbol, Tom Weir, columnista deportivo del periódico “USA Today”, escribió: “Odiar el soccer es más americano que un pay de manzana hecho por nuestras madres”.
Y 30 años después, un compatriota suyo se confesó a sí mismo: “Cuando el Mundial termine, la NFL se sentirá demasiado aburrida, sin adrenalina ni goles espectaculares”. Era un hombre sentado junto a mí en la barra de The Peaks, nuestro bar casi a la vuelta de la casa, que es como nuestra segunda sala de estar, durante el partido en el que Estados Unidos fue eliminado frente a Bélgica. En el bar no había un solo banquillo desocupado, y los parroquianos estaban entregados al partido y a su selección, a pesar del dilema moral que pesaba sobre el equipo de las barras y las estrellas. La escandalosa llamada de Donald Trump al presidente de la FIFA, en la que sugería que se le retirara la tarjeta roja al delantero Folarin Balogun, tras su falta contra Bosnia y Herzegovina, ponía a los aficionados en una situación espinosa. ¿Pero qué se le iba a hacer? Juan Villoro dice que una vez que adoptas la camiseta del futbol, por las razones que sean, es imposible deshacerte de ella. Incluso en los momentos en que la ética se resbala como el sudor en las axilas de los jugadores.
Así fue que los gringos descubrieron que el futbol (para ellos, soccer) es un deporte religioso de lealtades ambiguas del que, una vez convertido, es difícil escapar. Las irritantes pausas de hidratación ayudaron en el bautizo, desde luego. Pero entendieron que el culto al balón es un acto de fe en el que se depositan las devociones, las memorias individuales que editan nuestra experiencia y cómo la comunión de todas esas historias personales culmina con el compromiso de fe a tu equipo. Esa es la razón por la que seguía apoyando a Inglaterra, incluso después de golear a México. Porque fue en Londres donde en verdad comprendí el melodrama masculino de entregarse a un partido de 90 minutos, de colgarse una bufanda del equipo que te brinda los gozos que se celebran como una orgía de orgasmos o las infames derrotas que te aplastan el alma. Los hombres bugas consolándose unos a otros una vez que el silbatazo del árbitro confirma la derrota de su equipo es una de las escenas que siempre me conmueven hasta agujerarme el pecho por su irreflexivo homoerotismo que desborda.
Por momentos me tocó ver a los norteamericanos del Peaks desconcertados con la agresividad de algunos jugadores y algunos hinchas en las gradas. Los deportes en Estados Unidos suelen ser templados en cuanto a las rivalidades entre aficiones, a excepción del hockey sobre hielo. El futbol no es precisamente un encuentro pacifista. A un bato con el que conversé de soccer en el Peaks le recomendé algunos libros para entender el balompié desde distintos ángulos, incluyendo los incómodos. “Las pesadillas del Marabú”, de Irvine Welsh; “Entre los vándalos”, de Bill Buford, y por supuesto “Fever Pitch” de Nick Hornby, y en cuyas páginas encontré mi destino como seguidor del Arsenal.
Creo que desde las madrugadas que implicaban ver los partidos de Corea del 2002 no había vivido un Mundial con agudos ataques de pánico como el recién finalizado 2026, con sede en México, USA y Canadá. Incluyendo aquel no-era-penal contra Holanda del 2014. Los países no sólo tenían que competir entre sí; también había que demostrar que en la cancha se puede jugar en contra de la cínica corrupción de la FIFA. Y a pesar de que en San Francisco el ambiente no fue tan salvajemente callejero como en México, según la infinidad de videos que circularon en redes sociales y que el Área de la Bahía lleva un par de años despertando el interés en el soccer con el exitoso equipo Bay FC de la liga femenil estadunidense con partidos de localidades agotadas, el entusiasmo provenía de un lugar distinto. La celebración de los goles suscitaba el mismo asombro que el de quien descubre un nuevo continente.
Pero hubo algo más.
En una época en la que buena parte de la sociedad norteamericana contempla enajenada la fanática persecución a inmigrantes, el desprecio público a las diversidades sexuales, la lucha por restaurar la familia tradicional que ve partidos de la NFL después de asistir a la misa, prácticas conservadoras, anticuadas para las vivencias modernas que demuestran un deliberado retroceso a su propio pasado como una especie de salvación, volcarse al soccer en San Francisco el Área de la Bahía, se vivió como un estado de resistencia, de rebeldía frente a los valores patrióticos. Apoyando a los equipos africanos, simpatizando con los países latinos. Fue una extraña coincidencia histórica que el Mundial del 2026 coincidiera con la celebración del 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos.
Lo cierto es que no hubo bar que no transmitiera algún partido del Mundial. Incluso los bares gays, donde lo que más se respira es tensión sexual, transmitían algún partido.
En la final entre Argentina y España en el Peaks no cabía un jersey más. De peor, apretados como un vagón del Metrobús en la hora pico más desalmada de un viernes de quincena, contemplábamos las pantallas con una concentración digna de cualquier cantina mexicana, esperando la anotación. Una de las dueñas del bar dijo sorprendida que tenían el doble de gente que lo que habían podido aglutinar las últimas ediciones del Super Bowl.
Me pregunto qué pensará Tom Weir de esto.