El “tsunami azul”

Ciudad de México /
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Los martes son el mejor día para remojar la garganta en cerveza en el 440, el bar preferido por los daddys de San Francisco. Es el día con la mejor música, se puede jugar una suerte de lotería musical (el DJ suelta canciones por unos segundos que tienes que reconocer y tachar en una carta digital) y, lo mejor, todas las cervezas cuestan tres dólares, algo inaudito para los costos de San Francisco.

Lo de la música no es menor.

Hace mucho que los bares del barrio de Castro abandonaron el interés por la curiosidad frente a las consolas. Tanta es la pereza que sólo les alcanza para reproducir la misma playlist que suena en “RuPaul’s Drag Race”, incluyendo a The Edge, el otro bar de personalidad leather en la calle 18 con Collingwood, que es peor, si no es pop son canciones de esos odiosos musicales. En “The Last Call”, también en la calle 18, la buena música depende de la selección de los parroquianos que depositan un dólar por tres canciones en la rockola, por suerte, la selección de discos compactos es buena. Pero los martes en el 440 es diferente, el DJ suele mezclar house de la vieja escuela con sencillos de indie dance subterráneos, de Victor Romeo a los Chromatics por ejemplo, secuencias que recuerdan los tiempos en que los clubes gays determinaban el placer vanguardista de la seducción en la pista de baile.

El 3 de noviembre, además de las ventajas típicas de los martes, los asiduos al 440 producían un huracán de aplausos cada vez que las pantallas sintonizadas en el canal de la CNN anunciaban la victoria de algún candidato del Partido Demócrata. Era el mismo entusiasmo eufórico que cimbra las barras de metal cuando los Giants de San Francisco anotan una carrera, cuando los Giants eran chéveres, pues al menos este año, el equipo de beisbol fue abucheado. No sólo por su mediocre desempeño, su terrible picheo y pésimo rendimiento frente al bat, sino por su fanfarrona homofobia. Como cuando algunos de sus jugadores decidieron escribir frases bíblicas que reforzaban la heterosexualidad según la versión cristiana en sus cachuchas la noche en que el estadio Oracle Park celebró el legendario Pride Game, que en teoría celebra la diversidad sexual. Todos los jugadores que se rebelaron contra el Pride y sus banderas de colores, sobre todo contra el deseo sexual entre hombres, lo que implicaba confrontarse con los asistentes LGBTQ+, eran adquisiciones provenientes de estados como Arizona o Texas. La criminalización moral de la sexualidad entre hombres es de las balas más apreciadas entre los grupos conservadores.

Quizás por eso la celebración de cada demócrata se sentía como nostalgia por la cordura. Y la victoria texana de James Talarico al senado y de Gina Hinojosa al gobierno fue la que más aullidos de celebración provocó entre los asistentes. Los vasos chocando entre sí sonaban como fuegos artificiales. La alegría era contagiosa. Un tipo recargado sobre la máquina de pinball, el 440 estaba a reventar, no había un solo banquillo disponible, gritó: “A ver qué sienten los texanos conservadores ahora que uno de los nuestros estará al mando”; el comentario era una venganza directa contra los jugadores de los Giants que al parecer se incomodaron con los homosexuales en el estadio Oracle, pero no con nuestro dinero.

En la barra junto a mí había una pareja de mexicanos aprovechando al máximo los martes de tres dólares por cheve. Por lo que entendí, se conocieron en una app de encuentros. Se besaban al mismo tiempo que se golpeaban los hombros con encabronamiento contenido como en una olla exprés a punto de ebullir. Peleaban para ver quién parecía más mexicano; incluso pidieron la intervención del bartender a fin de que emitiera un veredicto. Tommy, el bartender, les dio por su lado incluso cuando uno de ellos apelaba a un pasado más duro, piscando fresas desde los 12 años en alguna granja de California. Parecían ajenos a la felicidad que imperaba en el 440.

Al triunfo demócrata lo llaman el tsunami azul y lo describen como el posible fin de una era de hostigamiento a todo aquel que decida no alinearse con el furor conservador de la actual administración. Un furor que se atraganta de humillación, crueldad y competencia por la validación de los poderosos.

¿Por qué la victoria se saboreaba tan jugosamente? No se debe olvidar cómo es que llegamos aquí. Que antes de Donald Trump hubo un pasado de competencias por el purismo posmoderno, ver qué identidad merecía más atención, likes, un pasado que también fiscalizaba los deseos, los criminalizaba según la policía de una justicia que logró incendiar y polarizar en los juicios de las redes sociales.

Al final, el par de mexicanos se mentaron la madre; uno se fue y el otro se quedó abriendo apps de encuentro en su celular.

La celebración continuó el 440, con el optimismo estallando en sonrisas, esperando que el delirio desaparezca, que las cosas mejoren un poco y, por lo menos, que ralenticen la necesidad de desdoblar energía en redes sociales.

Que la buena música regrese a los bares gay de Castro sería un buen comienzo.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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